Benito Iglesias
La Justicia: última línea contra los Al Capone
No fue una sorpresa. La insigne escritora más que una invitada, a menudo, era una anfitriona en la “Atenas de Galicia”. Y la ciudad le mostraba, simultáneamente, toda la admiración. En vísperas de la I Guerra Mundial, Sofía Casanova era nombrada por el Ayuntamiento de Ourense -a propuesta del alcalde Meruéndano-, Hija Adoptiva de la ciudad. Pronto, en la capital, se reconoció su talento. Había ejercido de reina y madrina en la Fiesta del Madrigal, junto a Filomena Dato. Ambas, almas gemelas, no solo compartían amistad sino una intensa pasión por la poesía. Juntas asistían tanto a la colocación del exvoto de granito, que recordaba a Curros a orillas del Miño, como al homenaje que le organizaba el Heraldo de Galicia a Lamas Carvajal, en las Fiestas del Corpus.
Nadie discutió, pues, el título que, unánimemente, le concedía la Corporación. Se lo había ganado a pulso. Eso sí, urgía entregárselo antes de que emprendiese viaje a tierras polacas. Por eso, tan pronto como el artista ourensano, Ernesto Rivera acabó de confeccionar la ejecutoria, una representación de autoridades del ámbito político-cultural ourensano, presidida por Isidoro Bugallal, se apresuró a acudir a su casa de Madrid, para hacerle entrega del emotivo pergamino. El artista no había dejado nada al azar. En él una lira de oro llevaba a su cabeza el escudo de la ciudad y, a los lados, el blasón de la familia. Luego, entre laureles aparecían los títulos de sus obras, y una dedicatoria del ayuntamiento en el que exponía por qué la honraba con semejante distinción.
A Sofía Casanova la había casado Campoamor -al menos de eso presumía el poeta-, con el filósofo Lutoslawski -catedrático de la Universidad libre de Cracovia-. Y, aunque por repetidas infidelidades del marido ya se había separado, enseguida, hizo suya la causa polaca. Más aún, cuando, una de las hijas, María, se casaba con Mieczysla Niklewiez, un periodista que figuraba en el partido nacionalista. Es, precisamente, en Polonia, en donde, unas semanas más tarde, de recibir el título que la acreditaba hija predilecta de Ourense, le sorprende la guerra. Y, a medida que, va pasando por distintas ciudades hasta llegar a San Petersburgo, va abandonando la poesía para dar paso a la crónica desgarradora. La comedia, que veía con Pérez Galdós, se tornaba tragedia.
En este escenario, el diario ABC le da la oportunidad de contar al mundo los horrores de la contienda. De repente, se convierte en corresponsal de guerra. La Región reproduce, cuando aún tan solo había transcurrido cinco meses de lucha, una postal que le envía la escritora a Meruéndano, en la que, entre otras cosas, decía:” Vivo en medio de la guerra y anoto mil detalles de ella para la prensa de Ourense. ¿Cuándo podrán ser enviados? ¡Dios lo sabe!” Lo cierto fue que, sus crónicas que emergían de la hecatombe, eran esperadas con impaciencia por los lectores. Pero, al contrario de lo que pensaba la escritora, comenzaron a llegar tan rápido que no estuvieron exentas de crítica; principalmente, por parte de la competencia. ¿Cómo es posible -decían - que una crónica periodista, tan kilométrica, escrita en Moscú, con fecha de 27 de setiembre de 1916, por Sofía Casanova, al parecer, vea la luz pública en ABC, el 3 de octubre del actual? Aun así, era innegable que pocos como ella vivían, primero, la tragedia de Polonia y, más tarde, la guerra ruso-germana o la revolución bolchevique, de una manera tan próxima.
De repente, se convierte en corresponsal de guerra y testigo directo de la tragedia, abandonando la poesía para dar paso a la crónica desgarradora
Los países beligerantes habían aprendido del pasado. El Estado mayor prusiano, en la guerra franco-prusiana, se había favorecido de las indiscreciones periodísticas galas. En más de una ocasión, los alemanes habían amoldado sus posiciones y sus movimientos, tras analizar la información detallada que la prensa sacaba a la luz; al igual que EEUU, en la guerra con España. Desde entonces, nadie podía enviar cartas o despachos, a las agencias de noticias sin pasar por el censor. Pero el caso de Sofía Casanova era diferente. Era el destino el que llamaba a su puerta para ser testigo de la movilización de los soldados del zar, del dolor de los heridos que atendía bajo la enseña de la Cruz Roja, de lo que decían los periódicos rusos, de cómo vivían las gentes, e incluso, de cómo los bolcheviques se habían adueñado del poder, tras pactar con los germanos.
Evidentemente, era la corresponsal de guerra que cualquier diario anhelaba tener. Ni le resultaba desconocido el idioma, ni las costumbres de los lugares por los que pasaba. Esto le permitía informar tanto de lo que veía como de lo que leía en los rotativos rusos que, desde la lejanía, criticaban la neutralidad de España. Tras un año de contienda, la Rusia zarista anhelaba que el Estado español se sumase a los aliados. “Los pueblos que no se unan contra Alemania -afirmaban-, no tendrán ni voz, ni voto en el porvenir”. Pese a todo, aquellas palabras cayeron en el olvido. España tenía su propia guerra en el Norte de África, y los bolcheviques hacían la paz con Alemania.
La labor de Sofía Casanova ni pasó desapercibida, para el gobierno del zar que la había condecorado con la cruz de oro de Santa Ana, ni, más tarde, tras el armisticio, para el representante de España en Rusia, que la propuso para la gran Cruz de Beneficencia. En España, tampoco deja de ser galardonada. Aun así, con gratitud perenne -como afirma en El Pueblo gallego-, no olvidaba que “era hija predilecta de la ciudad de As Burgas”.
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