Francisco Peña
La conquista de la paz, camino de esperanza
Soy hijo del general José Juste Fernández, que durante la intentona golpista del 23F fuera jefe de la División Acorazada “Brunete” número 1 (DAC) y sobre quien el 3 de marzo La Región publicó el artículo titulado “El recuerdo en Vigo del general Juste y su papel en aquel 23F”, de Fernando Ramos, y al que quisiera realizar alguna puntualización que, aunque fruto de mi natural apego, espero añada una perspectiva distinta a la habitualmente dada de él y su actuación.
Comienza su artículo Fernando Ramos señalando haber conocido a mi padre durante el tiempo en que fuera gobernador militar de Vigo y jefe de la BRIDOT VIII (de 1974 a 1977) y de quien, recuerda, fuera “hombre educado y de trato social y que asistía a todos los actos a los que se le invitaba”. Créame que me gustaría contar aquí los muchos recuerdos que guardo de la intensa vida profesional y social que mantuvo en Vigo. No quiero tampoco extenderme en su muy peculiar carácter y educación.
Pero es que el señor Ramos dice de él que: “Nunca creí, y acerté, fuera un golpista, pero cuando le preguntaron qué hubiera hecho si el rey le da la orden de apoyar el golpe, él la hubiera acatado sin dudarlo. Conviene no olvidarlo”. Esta frase, tan representativa de la mentalidad castrense del momento, no la pronunció él, sino el malogrado (fue asesinado por ETA) teniente general Guillermo Quintana Lacaci, quien fuera su superior inmediato cuando mi padre estuviera en Vigo y él fuera gobernador militar de Pontevedra, y en aquella aciaga jornada, como capitán general que era de la 1ª Región Militar, evitando entre ambos la toma de Madrid por las unidades de la DAC, con el previsible efecto dominó sobre las demás regiones, a la zaga de una 3ª Región Militar sublevada.
Pero para renovar su Estado Mayor y sus mandos, muchos allí destinados desde la época de Miláns Bosch como jefe, prefirió dejar pasar un tiempo y esperar su ascenso
Esa frase la pronunciaría Quintana en su presentación oficial a su nuevo ministro . de Defensa tras la intentona, Alberto Oliart. Y aún la repetiría de nuevo ante él en una alocución durante una visita a la Brigada Acorazada XII de la DAC (11-11-1981). Textualmente dijo así: “El rey me ordenó que tuviera a la gente en los cuarteles, y si mi rey, mi capitán general de los Ejércitos, me dice aquel día que salga a la calle, yo, en la posición de firmes, hubiera salido a la calle”.
Se señala después que “se le criticara por no ser consciente del ambiente dentro de la unidad que mandaba y la serie de mandos implicados en la DAC” y eso ni es del todo cierto, ni justo. Primero porque la reacción involucionista en el Ejército, aunque más asentada en los mandos más altos, era trasversal. Y segundo, porque como ha quedado demostrado, las “más altas esferas” tuvieron conocimiento previo de las varias “operaciones en marcha”, mientras que mi padre, lo que sabía de ello, era por los llamados “estados de opinión” (filtrados a la prensa el 22-04-81) en los que sus mandos expresaban sus inquietudes, muy proclives a una intervención, impregnado de lo que se llamó el “espíritu carrista” y que un año antes se habían conjurado con ese fin por su antecesor, Torres Rojas, fulminantemente destituido por ello.
Pero para renovar su Estado Mayor y sus mandos, muchos allí destinados desde la época de Miláns Bosch como jefe, prefirió dejar pasar un tiempo y esperar su ascenso. Todos estaban a punto de hacerlo. Su jefe de Estado Mayor, San Martín, lo haría ese mayo y así lo harían inmediatamente después del 23F los coroneles Centeno (Wad-Rass y jefe accidental de la BRIAMZ XII), Valencia (RCLAC 14), Pontijas (RACA 11) y Arnaiz (RMING 1).
Y ello a pesar de que, la tarde del 23F, el coronel Centeno, ya antes de sumarse a la reunión de mandos subrepticiamente convocada, supiera que se había ordenado en su Brigada la retención de tropa y una “Operación Erizo”, y a la salida de ésta, que uno de los objetivos de su unidad fuera el Congreso de los Diputados y que, tras la salida de Pardo Zancada para sumarse a Tejero, manifestara abiertamente a mi padre su intención de secundarle. O que el coronel Valencia desobedeciera la orden de retirar sus fuerzas, que ocupaban RTVE, que le dieran mi padre, Quintana, Armada desde el Estado Mayor del Ejército y el teniente general Gabeiras desde la Junta de Jefes de Estado Mayor (Jujem), hasta que, por fin, la acatara tras hablar con el marqués de Mondéjar desde la Zarzuela. Y aún le amenazaría con sacar sus unidades antes de la salida de Pardo y, después de ésta, ordenara a su jefe de la Plana Mayor, teniente coronel Santa Pau Corzán, llamara al resto de los regimientos para que le secundaran. O que el coronel Pontijas exigiera la contraorden recibida de Capitanía, que ésta le fuera confirmada por escrito por su jefe natural; o el coronel Arnaiz, que la recibiera primero desde el Estado Mayor de la DAC, pidiera su confirmación a Capitanía después.
Esta conciencia de que todos sus mandos eran proclives a la actuación, sin duda tuvo mucho peso en mi padre a la hora de decidir activar su Gran Unidad, como su jefe de Estado Mayor le pedía, sin antes solicitar autorización a su capitán general (las Instrucciones de la “Operación Diana” así se lo permitían “en caso de verse aislado”). Por ello, no solo esperó a escuchar el “hecho sonado” por la radio para llamar a la Zarzuela y “comprobar si el rey se encontraba efectivamente involucrado”, sino porque para entonces todos sus mandos se encontraban ya en sus puestos, sin poder ejercer así ya presión alguna en él y sobre quienes, sabía, Torres Rojas tenía gran ascendencia. ¿O es que realmente puede creerse que Torres Rojas se presentara inesperadamente en la Brunete en ese preciso momento solo para “animarle y asesorarle” y no para deponerle, si se negaba a secundar la actuación que allí inesperadamente se le proponía?
Mi padre accedió a activar la Operación Diana sin antes llamar a su capitán general, no por haber sido “engañado” o “convencido”, según la versión “oficial” dice, sino para no perder su mando efectivo como le ocurriera el 17 de julio de 1936 en Melilla también a las cinco de la tarde (donde mi padre estaba destinado) al general Romerales en su despacho por su propia oficialidad, al negarse a proclamar el Estado de Guerra en su circunscripción, sin antes consultarlo por teléfono con el ministro de la Guerra.
Quisiera finalizar con las declaraciones sobre la actuación de mi padre ese día efectuadas durante la Instrucción por su capitán general, Quintana
Tenía no pocos indicios para sospechar que lo que allí se le planteó era un golpe de estado en toda regla. Su vuelta intempestiva a la Brunete sin saber cuál era la causa por la que se le reclamaba; encontrarse allí a su antecesor de uniforme y sin una escusa convincente que justificara su presencia; el apoyo a la actuación de la reina Sofía esgrimido por éste y a la que recibió en Roma tras el derrocamiento de su padre del trono de Grecia y de la que de su propia boca sabía lo que pensaba de una intervención militar, que en caso de que fuera así el apoyo real nadie le hubiera comunicado nada, o que fuera el comandante de su Estado Mayor, Pardo Zancada, exento de asistencia para realizar un curso, quien hiciera de “mensajero” de Miláns; o que se hubiera dado la orden de retención de la salida tropa (condición “sine qua non” para poder activar la DAC después) según él llegara y sin su autorización obligada. Razones estas expuestas por él al juez instructor, José Mª García Escudero, y posteriormente en la vista oral del consejo de guerra al que fuera llamado como testigo, que no parecieron suficientes.
La causa dada para que no se le ascendiera por su proceder en esa situación, presentada públicamente como “titubeante y dubitativa”, fue el producto inmediato de la decisión política marcada tras el 23F desde la Zarzuela, y seguida por Oliart y el juez instructor, de imputar solo a quienes participaran en su planificación o se saltaran la orden de permanecer acuartelados y que se materializaría después en la política de ascensos seguida durante todo ese lustro y por la que se compensaría a los mandos más involucionistas, frente a los que entonces no lo fueron, con el fin de sosegar la crispación de los cuartos de banderas.
Quisiera finalizar con las declaraciones sobre la actuación de mi padre ese día efectuadas durante la Instrucción por su capitán general, Quintana: “¿Cuál habría sido la evolución de los acontecimientos si la actitud del general Juste hubiera sido más terminante? Con toda probabilidad las reacciones de los implicados, ante esa actitud, habría complicado gravemente el posterior desarrollo de los mismos (…) Si hubiera adoptado otra conducta distinta a la que adoptó, no se puede prever el resultado que hubiera tenido; con la que adoptó -repite el declarante-, se consiguió abortar desde el primer momento el golpe, que es, en definitiva, lo que se trató de conseguir con la mayor rapidez” (publicada en “Jaque al rey”, de Santiago Segura).
Alejandro Juste Ballesta
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