Francisco Lorenzo Amil
TRIBUNA
La “hulla blanca”, es nuestro petróleo
TRIBUNA
Era un defensor a ultranza de la “hulla blanca”, más aún, tras la hecatombe de la I Guerra Mundial. Tanto él como Pocaret, con sus trabajos científicos, habían popularizado aquella expresión -“houille blanche”-. En el fondo, trataban de diferenciar las fuentes de energía tradicionales, de las alternativas, la I, de la II Revolución Industrial…
La familia de Enrique Pereira Carballo-Conde, era originaria de Oporto. Como otras muchas, en el último tercio del siglo XIX, se asienta en la ciudad de As Burgas. Aquí, cursa segunda enseñanza en el Instituto de Ourense. Más tarde, continúa los estudios en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central. Desde joven les dedicó su atención, principalmente, a los trabajos de ingeniería y electricidad. Obtiene la calificación de excelente en la especialidad de ingeniero electricista. Tiene, además, la suerte de desarrollar proyectos hidráulicos con ingenieros de reconocido prestigio como el que había sido su profesor, el ourensano Alejandro Quereizaeta -gobernador de Ourense y diputado en Cortes, por el partido republicano-. Precisamente, con él, colabora, entre otros trabajos, en el aprovechamiento de los ríos Manzanares y Guadalix, para riego y energía; o, en el del río Mostazo, para abastecimiento de aguas a Madrid.
No obstante, sus análisis técnicos, alcanzaron un reconocimiento internacional, cuando Étienne Pocaret, un ingeniero francés, lo cita, en su obra, editada en 1911, La technique de la houille blanche et des transports d´énergie électrique. Este libro estaba considerado como uno de los mejores tratados de saltos de agua. Y desde ese instante, la propia Internacional Institución Electrotécnica se honra en tenerlo entre sus ingenieros. No deja, desde entonces, de escribir artículos en las principales revistas científicas del país. Es sino el primero, uno de los ingenieros punteros que se atreve a dar una de las primeras valoraciones teóricas sobre las posibilidades hidroeléctricas a nivel nacional. Pensaba que la ciencia eléctrica había entrado en un período de gran actividad. El fluido eléctrico no satisfecho con iluminar la noche, o entrar en la economía doméstica, era un poderoso auxiliar para producir calor, luz y fuerza motriz aplicable a toda clase de máquinas.
Las Revoluciones industriales habían dejado claro que en la creación de la industria era esencial la potencia mecánica disponible. En la I Revolución, en Gran Bretaña había sido el carbón de piedra negra la fuente originaria de energía, muy bien aprovechada, por cierto, por la máquina de vapor, para robustecer los distintos sectores punteros de la industria -textil, siderometalúrgico o transportes-. Se podría entender, por lo tanto, que un país, como España, en el que la producción de hulla era tan solo de tres millones de toneladas -EEUU, obtenía alrededor de 400 millones, Inglaterra, casi 250, o Alemania, 200-, este hándicap incidiese en el estado precario de la industria de nuestro país.
En cambio, en la II Revolución Industrial, habían surgido otras fuentes de energía. La hulla negra -el carbón- era sustituida por la “hulla blanca” -el agua-. Nuestro país, y en especial Ourense, tenía por fin un recurso privilegiado que podía transformar el obsoleto panorama industrial. La fuerza hidráulica era una mina inagotable de “hulla blanca” que ofrecía garantías económicas. Enrique Pereira Carballo-Conde, no se cansaba de decirlo. Ni él ni tampoco, quizás un pariente suyo, Conde Valvís -artífice del alumbrado eléctrico público en Ourense-. Ambos tenían la certeza de que “la naturaleza había dotado a la provincia de una fuerza potente -decía el alaricano - barata y abundante: el agua”. El porvenir del fluido eléctrico le daba a Ourense la oportunidad de convertirse en un emporio floreciente de importantes industrias.
Pero el análisis del laureado ingeniero transcendía el ámbito local. Advertía que otros países como Francia, Noruega, Italia o, incluso Suiza -este país ya preparaba la electrificación del ferrocarril-, invertían, teniendo menos recursos que España, en la explotación industrial de las fuerzas hidráulicas. El primer estudio que hacía en 1908, de los ríos españoles, en los que tenía en cuenta la extensión superficial de la cuenca, la topografía del terreno, y las condiciones geológicas para fijar un salto, daba como resultado que la fuerza hidráulica disponible a las cuencas era tan solo de 5 millones de caballos. De ellas, la del Miño, era de 250090, figurando tras el Ebro, el Duero, el Guadalquivir, el Tajo o el Guadiana.
A finales de la dictadura de Primo de Rivera, hacía nuevos cálculos, y, pasado tanto tiempo, todavía tan solo era de 12 millones, cuando la potencia hidráulica española era muy superior a la de Inglaterra o Alemania. Era obvio que cuando las minas de “hulla blanca”, cuyo filón es inagotable, se adueñasen de la industria, por agotamiento de la hulla de Cardiff o los carbones de Newcastle -no renovables-, la electricidad conquistaría el mundo. En múltiples ocasiones, trató de hacerles ver, incluso, a los gobiernos de la II República, que el porvenir industrial estaba reservado a aquellos países como España que, por su conformación hidrológica, poseían ricos veneros de “hulla blanca”. Pero, como suele suceder, los políticos tenían otras prioridades. No se estrechaban lazos entre la ciencia y el capital.
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