José Antonio Constenla
Con chanclas para todo
Si a la ignorancia se le añade una ideología radical, las consecuencias suelen ser catastróficas. Y no me refiero sólo a los incendios, sino a esa irracionalidad, amparada por el sectarismo que impulsa decisiones tan equivocadas como dramáticas. La ecología talibán, que ha sacralizado el paisaje, prohíbe embalses y presas, insta a destruirlas, en un intento vano de recuperar el paraíso perdido... provoca inundaciones terribles, porque presas y embalses doman el salvajismo de las aguas.
El amparo de las especies protegidas -que es necesario- llevado a la exageración, provoca un aumento porcentual que destruye el equilibrio y los lobos llegan a ser tantos que los pastores sufren con impotencia los ataques al ganado... y -¡ojo!- que si se mata a un lobo es posible que les apliquen una multa. La prohibición de las talas de árboles -algo rutinario y periódico en la España nada vaciada de mi infancia- el desbroce de caminos, y los cortafuegos preventivos, ayudan a que los parajes naturales se conviertan en el combustible de una barbacoa terrible a la espera de una chispa.
Las decisiones se toman en despachos, donde la ignorancia se intenta contrarrestar con la contratación de cientos de asesores, pero la ecología talibán se impone a cualquier consejo
El cambio climático es cierto, pero también es cierto que el aumento de jabalíes en Cataluña no ha logrado bajar las temperaturas, destroza cultivos de cereales, huertos, viñedos y, por si fuera poco, fomenta la extensión de la peste porcina, algo que causa un efecto económico terrible en la exportación de productos derivados del cerdo. Las decisiones se toman en despachos, donde la ignorancia se intenta contrarrestar con la contratación de cientos de asesores, pero la ecología talibán se impone a cualquier consejo, amén de que muchos asesores cobran, pero no tienen que ir a trabajar.
Pero este dúo destructor -ignorancia y sectarismo- no se limite al sector agrícola, ganadero y ecológico, sino que aterriza en los mercados y cada vez que se anuncia, o se aplica, una nueva medida que pretende ayudar a los inquilinos es como si se diera un martillazo en las mesas de contratación y miles de arrendadores retiran sus pisos y, claro, suben todavía más los precios de alquiler... mientras los cientos de miles de viviendas sociales prometidas todavía no están ni en los planos. Menos mal que el fino y elegante humor de Óscar Puente, exento de sarcasmos y groserías, da en el clavo. Hace semanas, ante el incendio en Castilla y León, dijo en las redes: “La cosa está calentita”. Debo reconocer que el popular boquirroto acertó de lleno. Igual lo nombran bombero de honor.
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