Pseudointelectuales

Publicado: 28 jul 2026 - 02:10
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Nunca había sido tan fácil adquirir la condición de “intelectual”. Hoy parece bastar con haber leído tres libros, dirigido una película, hacer unas esculturas, pintar unos cuadros, escribir una columna o disfrutar de una generosa presencia en los medios para que algunos se consideren investidos de una autoridad moral e intelectual incuestionable. La celebridad ha sustituido al prestigio ganado con el estudio, y la opinión se confunde con el conocimiento. Pero el auténtico intelectual tiene unos rasgos que lo definen:

-Son gentes de sólida formación y curiosidad permanente.

-Analizan los problemas con espíritu crítico.

-Argumentan sus ideas con rigor y no solo con opiniones.

-Participan en el debate público mediante libros, artículos, conferencias o medios de comunicación.

-Están dispuestos a revisar sus propias ideas cuando las pruebas lo justifican.

Por el contrario el pseudointelectual tiene un rasgo inconfundible: opina de todo con una seguridad absoluta. No duda, no matiza y rara vez reconoce un error. Su pensamiento suele ser más ideológico que racional y convierte cualquier discrepancia en una prueba de ignorancia o de inferioridad moral del adversario.

Lo verdaderamente llamativo es que cuanto más limitado es su conocimiento, mayor suele ser su autosuficiencia. Carece de la humildad del sabio y rebosa de la soberbia del incompetente. El auténtico intelectual sabe que el conocimiento es un horizonte que nunca se alcanza por completo; por eso escucha, reflexiona y acepta que las cuestiones importantes casi nunca admiten respuestas simples.

No se trata de la profesión ni del éxito artístico, literario o cinematográfico. Un gran novelista, un excelente director de cine o un brillante periodista pueden ser, además, grandes intelectuales… o no serlo. La diferencia no la marca la fama, sino el rigor, la independencia de criterio y la honestidad con la que se busca la verdad, incluso cuando esta contradice las propias convicciones.

También conviene desconfiar de quienes pretenden monopolizar la inteligencia desde una determinada posición ideológica. Ninguna corriente política, por muy de izquierdas que sea, posee el monopolio del pensamiento ni de la cultura. La inteligencia no entiende de etiquetas, sino de argumentos. Cuando alguien cree que sus ideas son superiores únicamente porque pertenecen a un determinado bando, ha dejado de pensar para empezar a repetir consignas.

La historia demuestra que los grandes intelectuales jamás necesitaron proclamarse como tales. Su autoridad nacía de la profundidad de sus conocimientos y, sobre todo, de su extraordinaria modestia. Cuanto más sabían, más conscientes eran de todo lo que les quedaba por aprender.

Quien quiera descubrir cómo es un verdadero intelecto unido a una inmensa sabiduría debería leer, por ejemplo, la biografía de don Álvaro d’Ors, “Sinfonía de una vida” (Editorial RIALP, autor Gabriel Pérez Gómez). Encontrará a un jurista excepcional, maestro de innumerables juristas, humanista de talla extraordinaria y un hombre cuya inmensa erudición nunca degeneró en pedantería. Su ejemplo demuestra que la inteligencia auténtica no necesita exhibirse, porque se manifiesta en la serenidad, el rigor y la humildad.

En tiempos de tanto ruido y tanta vanidad, quizá convenga recordar que los verdaderos sabios no suelen alzar la voz para proclamarse intelectuales. Son los demás quienes, con el paso del tiempo, acaban reconociéndolos como tales.

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