Fernando Lusson
DENDE SEIXO-ALBO
Do rei e do individualismo na sociedade
TINTA DE VERANO
Hu Jintao, predecesor del presidente chino, Xi Jinping, describió en 2003 la vulnerabilidad estratégica de China con la expresión “dilema de Malaca”, por la dependencia de su país del estrecho del mismo nombre, un paso marítimo crítico que conecta el océano Índico con el mar del Sur. En términos simples: casi todo lo que China necesita para funcionar pasa por un embudo de agua de menos de tres kilómetros de ancho.
El gigante asiático es el mayor consumidor de energía del mundo, representando el 25% del global y el 15% de todo el petróleo utilizado. Su consumo de crudo se ha cuadruplicado desde el año 2000, pasando de 3,5 millones de barriles diarios a más de 15 millones en 2025.Un 80% de esa cantidad debe pasar por el estrecho de Malaca, que acoge más de 60.000 buques al año, en muchos casos, procedente a su vez del estrecho de Ormuz.
Ormuz está cerrado de facto por la guerra con su guardián (Irán); y, aunque Malaca sigue abierto, EEUU tiene capacidad militar para cerrarlo cuando quiera. Las alternativas marítimas para China (como Venezuela con descuento, rutas por Myanmar o por el Ártico) se encuentran bajo presión, cuando no han sido ya descartadas. En otras palabras: China depende de la buena voluntad estadounidense para que su petróleo siga llegando por mar.
El ataque de Estados Unidos contra Irán no debería analizarse como un episodio aislado, ni como una simple respuesta militar ante tensiones puntuales. Llega tras la intervención en Venezuela -el país con mayores reservas de petróleo- y en medio de un esfuerzo diplomático para que su principal aliado en la zona (Israel) restablezca relaciones con Arabia Saudí -el segundo país del mundo en reservas de crudo-.
Tampoco debería sorprender, en este marco, la tradicional benevolencia del presidente americano con Vladimir Putin, potencial salvador energético terrestre de China.
Desde el regreso de Donald Trump, su política exterior ha señalado puntos muy específicos: Venezuela, Irán, Canadá, Nigeria o Groenlandia. No son elegidos al azar. Todos tienen algo en común: recursos energéticos o posiciones estratégicas en rutas de suministro. Tampoco debería sorprender, en este marco, la tradicional benevolencia del presidente americano con Vladimir Putin, potencial salvador energético terrestre de China.
La rivalidad chino-americana se cierne sobre el control del comercio global y, en particular, de la inteligencia artificial, el mayor instrumento de dominación mundial jamás concebido. Y aquí entra juego un pequeño actor llamado a tener un papel protagonista en el drama: Taiwán, isla poco más extensa que Galicia, pero que monopoliza la producción de chips semiconductores de última generación, sin los cuales es imposible el desarrollo de la IA.
China necesita los chips de Taiwán tanto como el petróleo del Golfo. Pero, si Pekín actuase invadiendo la isla, el resto del mundo -principalmente EEUU, pero también la UE, Japón y Corea del Sur- se vería obligado a sopesar la autopreservación económica frente a la escalada geopolítica. Porque si la industria de chips taiwanesa llegara a caer en manos chinas, este país obtendría un control sobre la economía global sin precedentes en la historia reciente.
Controlando Malaca -y ya se verá si también Ormuz-, ante un conflicto (en particular, por Taiwán) EEUU podrá interceptar los envíos de petróleo a China, cortando sus rutas marítimas. Mientras tanto, Donald Trump negocia para poder trasladar a Arizona una fábrica de TSMC, la empresa taiwanesa que acapara el mercado de semiconductores. Solo así podrá preservar para su país el liderazgo en la IA y, con él, el del mundo futuro.
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