Irán merece libertad, no otra Delcy

Publicado: 06 mar 2026 - 04:40
José Paz

La eliminación de la cúpula del régimen iraní aparenta un giro histórico en Oriente Medio. Es imposible, desde una visión liberal, no celebrar la desaparición de una élite teocrática responsable de décadas de represión brutal y sistemática. El régimen de los ayatolás ha sometido a la ciudadanía a un aparato coercitivo asfixiante, ha convertido a las mujeres en sujetos jurídicamente disminuidos, ha perseguido a minorías religiosas y sexuales y ha aplastado cualquier atisbo de disidencia. Que el tirano Jameneí ya no pueda seguir regentando esa estructura de opresión es una buena noticia para la libertad. La teocracia iraní debe caer, y si este golpe acelera su derrumbe será un alivio. Ahora bien, que el resultado más inmediato sea celebrable no hace irreprochable la acción que lo ha producido. La forma de actuar del gobierno Trump revela graves deficiencias jurídicas, estratégicas y políticas. En primer lugar, la decisión de lanzar un ataque de esta magnitud sin autorización expresa del Congreso erosiona el equilibrio constitucional. El poder de declarar la guerra no es un mero formalismo sino una garantía frente a la tentación del Ejecutivo de utilizar la fuerza armada con fines coyunturales. Invocar de manera irrestricta la Ley de Poderes de Guerra cuando no concurren sus requisitos equivale a forzar su interpretación para esquivar el control parlamentario. Hasta Bush pasó por el Capitolio de camino a Iraq. El factor sorpresa se habría mantenido simplemente contando con una aprobación sin fecha. El momento elegido añade, además, una sospecha imposible de ignorar. Trump y gran parte de su entorno político están políticamente acorralados por el caso Epstein y otras controversias, como los aranceles ilegales o la instauración federal de un cuerpo policial radicalmente autoritario con la excusa del control migratorio. La tentación de utilizar una acción exterior de gran impacto para reagrupar apoyos internos y desviar la atención es tan antigua como la política misma. Pero convertir la política exterior en instrumento de supervivencia personal de un mandatario cuestionable, acosado por su presunta depravación cuando aún era potente, degrada la legitimidad de la operación, por justo y legítimo que sea acabar con los ayatolás. La libertad de un país no puede depender de la necesidad táctica de un dirigente a quien todo el mundo cree mucho más que un simple conocedor de lo que pasaba en cierta isla y en cierto rancho.

Ese cambio requiere mucha labor de inteligencia, apoyo inmenso a la oposición, armándola incluso, provocar deserciones de altos mandos militares y policiales, crear bastiones opositores, etcétera. No es conveniente una invasión terrestre, pero tampoco basta bombardear.

Pero aún más preocupante es la ausencia evidentísima de un plan riguroso de transición. Derribar la cúpula de un régimen totalitario no garantiza que lo que surja sea mejor. La historia reciente está llena de ejemplos. Sería un desastre que en Irán continuase el mismo aparato con nuevas caras, como ha sucedido en Venezuela. No se puede decir a la oposición democrática iraní (como se ha hecho con María Corina Machado) “lo siento, no estáis preparados” y pactar con una “Delcy con turbante”. Los iraníes no han arriesgado su vida durante años para cambiar de amo, sino para ser libres. Tampoco resulta aceptable la tentación de restaurar una monarquía a estas alturas. En pleno siglo XXI, la legitimidad política sólo puede nacer de la voluntad expresada en elecciones libres, competitivas y periódicas. La monarquía pertenece a los libros de Historia. Si el hijo del antiguo sha aspira a gobernar, pues que sea candidato dentro de los límites temporales y competenciales de una democracia liberal. No sirve sustituir una teocracia por un poder hereditario anacrónico.

Trump no ha articulado una coalición de países para legitimar la intervención, ni ha buscado un encaje claro en el marco jurídico-internacional vigente: ha actuado con un único aliado y ha arrastrado después a otros simplemente a causa de las represalias iraníes. El llamado Board of Peace promovido por Trump (y con él como jefe vitalicio) ha demostrado ser una farsa: no tiene un órgano similar al Consejo de Seguridad ni un procedimiento transparente de deliberación. Trump actúa a golpe de encuesta, pensando en las “midterms” y en desviar la atención de los presuntos crímenes horribles que acechan a buena parte de su gabinete. Eso no ofrece a los iraníes garantías de un cambio auténtico hacia la libertad. Ese cambio requiere mucha labor de inteligencia, apoyo inmenso a la oposición, armándola incluso, provocar deserciones de altos mandos militares y policiales, crear bastiones opositores, etcétera. No es conveniente una invasión terrestre, pero tampoco basta bombardear.

Celebrar la caída de un tirano teócrata no obliga a aplaudir la improvisación ni el desprecio por la ley. Si la intervención no desemboca en un proceso claro hacia una democracia liberal, con separación de poderes, garantías individuales y economía de libre mercado, la operación habrá sido estéril. La libertad no se improvisa. Se construye con instituciones sólidas en un marco de Derecho. Sólo con ese horizonte la desaparición de los ayatolás habrá sido un hito esperanzador y no el prólogo de otra frustración. Porque Trump… hasta para hacer lo correcto lo enfanga todo.

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