Una jornada en Baiona

MI PLAN PERFECTO

Publicado: 13 ago 2026 - 06:40
Vista de Baiona dende O Cochino
Vista de Baiona dende O Cochino

Las mañanas en Baiona, mejor aún, los amaneceres, empiezan con toda la gama de rosados, azules y violetas en el cielo por encima de la sierra del Galiñeiro, la herradura pétrea que cierra el Val Miñor por el levante. A esa hora, un banco de pequeñas embarcaciones de Moaña, Redondela, Cangas y por supuesto de Baiona, se afanan ya, en el centro de la bahía, extrayendo con los raños la cornicha, un bivalvo, entre berberecho y almeja que, junto al erizo y el percebe, dan la vida estos últimos años a la Cofradía de Pescadores la Anunciada. Por la punta de la Doca, que es el gran espigón que da abrigo al puerto y ahora luce la intervención artística de Lula Goce, entra alguna de las pocas embarcaciones de la robaliza o el pulpo que aún se dedican a la actividad. En tiempos pasados y en el silencio de entonces, a estas horas se oía ya el golpeo al que las mujeres del mar sometían a los pulpos, para ablandarlos, en el enlosado de la rampa del muelle.

Para aprovechar el día es preciso ponerse en marcha. Me gusta caminar por la carretera hacia la costa de Baredo, fuera ya de la ría, y allí buscar un rincón donde darme un buen baño de sol, viento, algas y espumas. La costa de Baredo y la que se prolonga hacia el sur, hacia A Guarda, era hasta hace bien poco tiempo, hasta que el Camino de Santiago abriera aquí su ruta por la costa, un Finisterre indómito, agreste y afilado solo apto para las recolectoras del argazo, que después abonaría los campos, los contrabandistas y gente observadora como el artista guardés Jorge Barbi o el periodista y etnógrafo Eliseo Alonso.

Entre el tiempo de la ida, la estancia en aquellas soleadas rocas al modo de un cormorán con las alas extendidas y el regreso, será ya la hora de adentrarse en las cuadrículas empedradas del casco antiguo de Baiona. Es el momento de la tertulia, el saludo a infinidad de amigos y la cata consciente de alguno de los albariños rosaleiros, o incluso del Condado, que merecerían una permanente exaltación. Como esta fiesta de los sentidos y la sociabilidad no puede terminar de manera abrupta, es aconsejable un reposado epílogo con, por ejemplo, unas luras encebolladas, como las que despachaban en el viejo Sandokán, en su justo punto de vino blanco para el guiso y devoradas en equilibrio inestable sobre las laxes del lugar.

El verano y el vino blanco son sinónimos de larga, profunda y provechosa siesta. La brisa del nordés entrará por la ventana abierta, moviendo perezosamente el visillo y refrescando el ambiente. Un café ayudará a despejar la cabeza que, a esta hora de la tarde, está ávida de volver a las peripecias de un vecino ilustre, don Diego Sarmiento de Acuña, el primer Conde de Gondomar y embajador ante la corte londinense de Jacobo I. Por fortuna, la vida y la obra de don Diego está hoy ya muy estudiada, gracias en particular a la intensa correspondencia que este mantuvo, a la profundidad y orden de sus archivos y, sobre todo, al buen juicio que el señor de Gondomar supo disponer en las más diversas materias y comprometidas situaciones. La lectura de sus cartas, tan trilladas por Lois Tobío, el historiador John Eliott, el Nobel de Literatura V. S. Naipaul o el entusiasmo histórico-literario de Fernando Bartolomé, tiene un perfecto complemento en el posterior paseo, poco antes del entre lusco e fusco, por la muralla de la fortaleza de Monterreal. Hacia poniente, el sol tiene desde allí una aparente y lentísima deriva hacia la línea del horizonte y rara será la jornada en la que, el espectador atento, no sea capaz de captar el rayo verde.

Ha llegado la hora de tomarse unas sardinas a la brasa en la de Suso, al pie del manto de la Virgen de la Roca, o acoger a los amigos en casa, disponer para ellos unas pocas cosas sencillas: unos buenos mejillones en escabeche, una empanada de zamburiñas de masa fina, quizá un salpicón, con la dificultad que tiene siempre el vinagre para acompañar el mejor vino. Quienes aprecian las cosas de Baiona, saben que los helados y las Perseidas son los precursores de las noches eternas en la antigua Erizana. Hace muchos años recibíamos el amanecer en algún horno de panadería con los panes calientes y latas de conservas chorreantes de aceite. En el regreso por las solitarias y empedradas rúas llegaba, de los antiguos jardines y huertos conventuales, un recendo de laurel y limonero que era la fresca, sutil y envolvente invitación al sueño.

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