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Dominado por el Iroite, donde una base militar de seguimiento aéreo, la mayor altura de la serra da Barbanza, que cual espina dorsal separa las rías de Arousa de la de Muros, se encuentra Portosín que más adelante tiene a Porto do Son, como si aquel más pequeño. Ambiente matinal agosteño y cubierto, distante de las temperaturas del interior galaico, que obligaba a más interior que terraza cuando de arribada a esta marinera. Un paseo en torno al puerto frecuentado intermitentemente por chavales a pedal que han adquirido la habilidad de colarse entre la densidad peatonal sin que te apercibas.
Por Porto do Son, de paso; el propósito era el castro de Baroña que indefectiblemente trae a colación las razzias que aquel cura párroco guerrillero emprendía, allá por los 80, contra toda desnudez que se exhibiera en la vecina playa, declarada nudista. El sacerdote, al que suponemos de sotana, a toallazos iba desalojando a nudistas cual un Cristo a los mercaderes del templo. Tal no se hallara ni igual de la casta guerrera en el castro. Con estos recuerdos nos apeamos hacia la caseta de información, grisáceo el día, lo que agrandaba la sensación defensiva de la fortaleza. Por ancho camino, a veces empedrado, arribamos, cuando el pinar a nuestras espaldas, a rocosa plataforma desde la cual la vista del castro marítimo era insuperable o más bien prodigiosa. La mar atlántica como fondo y el primer muro defensivo con gran foso excavado como primer plano al que seguían las moradas circulares de los castrexos, con apenas estrechas callejas entre si para impedir el acceso del enemigo y también eso de que a las viviendas había de accederse por el techo. Estas sociedades de la edad del Bronce final y del Hierro que, acaso practicasen una guerra de baja intensidad continuada. Este castro además del muro primero tenía un segundo paramento y visible, a modo de ciudadela en la parte elevada y más aun lo seria en las altas rocas que dan al mar. Nunca se viera tanta afluencia a un yacimiento. Emergen en el trayecto de vuelta masas de pinos marítimos, alguno retorcido sobre si mismo, como abriéndose paso entre el asfixiante eucaliptal que coloniza toda nuestra costa y aún más allá.
Instando la hora del llantar, nos aguardaba la playa cercana de Xuno o das Furnas, porque las tiene excavadas en la roca invadida por las mareas donde se pueden ver surfista experimentados porque se mecen frente a los rompientes con solvencia. Nosotros al comer en un más que chiringuito donde colas había para lograr asentamiento. El depredador turismo empieza a fagocitar a la Naturaleza creando aglomeraciones.
Satisfechos, pagados a postres y cafés, faltaba Corrubedo para completar el dominical periplo, ajenos a cualquier Odisea que por estas costas excelente marco para el inmortal y épico relato mediterráneo, porque Ulises podría caer presa de los encantamientos de la hechicera Circe en As Catedrais, o de la ninfa Calipso en Carnota, subir al Olympo celta en O Pindo para burlar al gigante Polifemo, que lanzaba pedruscos desde el alto da Moa, pasar por los escollos de Sálvora o los rompientes tremebundos del Ortegal, que podrían ser Scylla y Caribdis, dejarse seducir por las sirenas acechando en el estrecho de las Islas Cies. Y en Corrubedo y su playa de media luna, o aun en las furnas de los acantilados de Loiba donde si no atado al palo mayor hubo de resistir los dulces cantos de las Sirenas que lo arrastraban a los escollos de a Pedra Furada, desde la vista del “The best bank of wordl”.
Mientras, nosotros de desembarco en el costero pueblo entre cuyas dunas han asentado su castra aestatorum (campamentos de verano) Chipperfield, Nóbel de arquitectura, al que precedieron otros tres ourensanos del mismo oficio pero desigual fortuna y nombre, Manuel G. Jorreto, Iago Seara y Emilio Fonseca, que habrán añorado, al contemplar la mar y su encuentro con las inigualables arenas de Corrubedo, la épica homérica. De ahí podría derivarse su apetencia por las vistas sin parangón de las que gozan medio siglo ha, acaso rememorando algún pasaje homérico.
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