Pilar Falcón
DÍAS Y COPLAS
Convoca que algo queda
EL ÁLAMO
Antaño, el enamoramiento con la progresía se te curaba en el preciso instante en que comenzabas a pagar impuestos. El escritor P.J. O’Rourke contaba que se le pasó el idilio zurdo el mismo día que recibió su primer sueldo en una revista y vio el trozo de pastel que se llevaba el Gobierno. Las cosas hoy son muy diferentes en todo Occidente, pero más aún en España. Los jóvenes ya no pasan por el oscuro trámite del romance progresista y eso mantiene desconcertados a los políticos, y a todo un sector de analistas boomers, ese que se ha venido a llamar, no sé de quién es el hallazgo, “equipo de opinión sincronizada” de la Moncloa.
Hay una particularidad española en esa tendencia. Ocho años de gobierno socialista son muchos años, de modo que entra dentro de lo normal que la rebeldía juvenil canalice su frustración contra Sánchez, concebido ya como un emperador. Pero tampoco vamos a pasar por alto que, en 1996, tenía yo 15 años, la fuerza que impulsó el cambio de gobierno hacia la derecha no fue juvenil. Mi generación creció creyendo que el socialismo era una especie de peaje inamovible cosido a la suerte de ser español. Y es posible que el voto fuera entonces más hereditario que ahora, que los zagales tienen infinidad de fuentes de información alternativas a lo que escuchan en casa.
A diferencia de Felipe González –esto no se atreven a decirlo los brujos visitadores de la Moncloa-, Pedro Sánchez cae muy mal. La afinidad es bastante más importante de lo que creen los fontaneros presidenciales. Rajoy le caía bien a casi todo el mundo, lo votasen o no. Sánchez le cae mal a casi todo el mundo, lo voten o no. Justo es decir que no ha hecho nada para intentar caer mejor, excepto unas campañitas en TikTok haciéndose el moderno recomendando canciones, con una naturalidad tan impostada que asusta.
Y luego está el empobrecimiento. Ni siquiera es necesario reparar en las cifras macro, la experiencia personal, decisiva a la hora del voto, es demoledora: en ocho años de sanchismo los únicos que se han hecho más ricos en España son los sanchistas. Ha habido dinero para los medios afines, para todo tipo de campañas e iniciativas de la cuota podemita, para menas, para cualquiera que venga de fuera, especialmente si lo hace saltándose una o varias leyes. En realidad, ha habido dinero de nuestros impuestos para todo, excepto para beneficio de los propios españoles.
Las infraestructuras están peor que nunca, los servicios públicos se han vuelto casi africanos, montar una empresa en España es un dolor de huevos, y los autónomos somos, en esencia, la prostituta del Gobierno, y además debemos pagar la cama. La prosperidad de cualquier joven español consiste en tener la ocasión de largarse de aquí. Es muy difícil estropearlo todo y no arreglar nada, pero es que Sánchez ha tenido mucho tiempo, y lo ha dedicado exclusivamente a sus asuntos, ya dirá la justicia si lícitos o ilícitos, pero en todo caso siempre amorales.
Los jóvenes son bastante más impermeables a la propaganda de lo que suelen creer los socialistas. Ocho años de lluvia fina con los mil males de Franco solo han servido para levantar la liebre. Cuando tienen que repetirte algo tantas veces, por lo general, es porque te están engañando. Los esfuerzos y los dineros que se ha dejado Sánchez en matar a Franco después de muerto han tenido un efecto pendular: nunca la juventud estuvo tan fascinada por la vida y la obra del Generalísimo. La juventud desconoce el complejo y eso, a menudo, es una ventaja para mirar al mundo en libertad, concepto incompatible con el socialismo, y más aún con el sanchismo.
Los jóvenes ahora son de derechas, dicen. La izquierda les ha metido en la cabeza que son fachas si se enorgullecen de ser españoles. Se lo llevan diciendo desde que son niños. Les han dado a elegir entre ser españoles o buenos socialistas. Y ahora que pueden votar, por fin, han decidido ser españoles, y mandar a la mierda a los lunáticos que han arruinado todo lo que pudiera quedar de respetable en la causa progresista, que tampoco era mucho.
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