Pilar Falcón
DÍAS Y COPLAS
El juicio que quería ser serie
DÍAS Y COPLAS
Suena el mazo de juez diciendo visto para sentencia, y dictar sentencia siempre tiene algo de teatro; pero lo de estos días roza el género tragicomedia nacional. Entre togas inquietas, tertulianos inflamados y un protagonista que asegura estar enamorado hasta las trancas, el proceso ha terminado con mezcla de culebrón, reality y pleno parlamentario en hora punta. El ambiente recuerda inevitablemente a Visto para sentencia, título cinematográfico donde la justicia avanza entre miradas tensas, silencios calculados y un suspense que justifica un café. La diferencia es que aquí el guion es de varios guionistas. Los magistrados intentan mantener la compostura, Ábalos declara su amor como si estuviera en un drama de telenovela y en las tertulias los fiscales ya suenen a declarantes con la soltura con la que en la película se dictaban veredictos. Solo falta que alguien grite ¡corten! para que todos recuerden que esto no es cine, aunque a ratos lo parezca.
Sonó estoy enamorado y se hizo el silencio, no por romanticismo, sino porque nadie sabe si eso va en el capítulo de alegatos o en el de confesiones sentimentales"
Los togados revisan autos, pruebas y anexos con la misma concentración que un opositor en mayo. Afuera, el país entero ya no sigue la justicia, sigue la serie. Mientras los jueces trabajan, las tertulias televisivas se retroalimentan, los fiscales hablan de estrategias y de ataques que coordinan relatos interesados y contextos que hay que entender. La palabra sentencia se hace oír menos que la palabra partido.
El protagonista se ha vestido de amor épico, de esos que se escriben con violines, pero que aquí llega acompañado de contratos, intermediaciones y un par de mensajes que nadie querría ver proyectados en una pantalla de 80 pulgadas. Sonó estoy enamorado y se hizo el silencio, no por romanticismo, sino porque nadie sabe si eso va en el capítulo de alegatos o en el de confesiones sentimentales. Y el recuerdo nos llevó a la carta del presidente Sánchez en abril de 2024, confesándose profundamente enamorado de su esposa. En este país, el amor siempre vende más que un auto de procesamiento. Hay quien dice que la historia es un drama. Otros, que es una comedia. Y algunos, que es un spin-off de la política actual. Lo cierto es que la ciudadanía ya no sabe si está ante un juicio, una campaña electoral o un episodio piloto de una serie que nadie pidió, pero todos ven.
El tribunal, ajeno al espectáculo, redacta su resolución con la frialdad técnica que exige el derecho. Será un documento serio, probablemente largo, sin frases virales ni metáforas de sobremesa; pero cuando se publique, habrá quien lo interprete como un triunfo, quien lo lea como una tragedia y quien lo convierta en contenido para el late night. Porque en España, la justicia debería hablar en autos y la política, en tertulias.
Para equilibrar el arrebato amoroso del protagonista, surgió el dispuesto a autoinculparse con la serenidad de quien conoce el precio de la verdad y aun así decide pagarlo. Un gesto extraño, casi antiguo, como quien avanza hacia su destino sin esperar aplausos. Pero la épica duró poco porque la Fiscalía General del Estado irrumpió con la contundencia de un oráculo moderno para recordar que la condena de siete años permanece como lápida recién pulida. Nada de rebajarla, ni siquiera por colaborar desde el principio en desvelar el entramado y señalar la X que tantos discursos ha alimentado.
Qué extraño equilibrio es este en el que el amor se proclama a voz en grito y la verdad, cuando aparece, se recibe con guantes de amianto.
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