Itxu Díaz
CRÓNICAS DE VERANO
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Existen algunos disparates sociales que traicionan mi concepto de lo racional. De lo cotidiano incluso. Cosas que reducidas a su gesto original rozan lo extravagante. Me pregunto a menudo por el hambre que estaba pasando la persona que decidió comerse un percebe por primera vez. O cuán aburrido se encontraba ese otro alguien para ser capaz de razonar que, si clavaba un palo en el suelo, obtendría un huso horario.
Qué motivo llevó a la conclusión de que una línea imaginaria separa territorios.
Volví a abordar el concepto de lo absurdo en Lanzarote. Un lugar como otro cualquiera que solamente está en un sitio distinto. Lejos de aquí.
El itinerario incluía subir a un volcán, la vagancia de los planes hechos ganó la batalla a lo moribundo de mi tentativa a convertirme en alguien intrépido. Dime a dónde ir y concédeme la excedencia de la responsabilidad. No me impresionó demasiado. Un volcán, a fin de cuentas, no es más que un monte que podría explotar, pero también podría no hacerlo, y a estas alturas de la vida uno ya no está para esperar por situaciones de probabilidades inciertas.
Menos tú, con esa fidelidad absurda a lo utópico.
El hambre nos apretó en el parque de Timanfaya, topónimo que, para sorpresa de nadie, significa montañas de fuego, mientras observábamos el mundo desde una perspectiva distinta. Cualquier visión desde una ubicación con altura adecuada merece una dedicación sin límite de tiempo estimado. Solo te quedas ahí, mirando.
Interrumpió la Candelaria, anfitriona y cocinera del restaurante del parque, la disposición de orden militar con la que mirábamos hacia ningún lado para enseñarnos su método de preparación del pollo. No exagero en mi asombro al comprobar el desenlace de tal cometido.
Candelaria no hacía nada. Sonreía e inspeccionaba nuestras caras, esperando algo, un gesto, mientras el pollo se cocinaba solo, con el calor directo que desprendía el volcán.
Transportaba con pericia, y con una sola mano, una parrilla circular llena de zancos, pechugas y alas. La acomodó encima de una cúpula de cemento construida sobre un agujero que había en plena tierra volcánica. Con aspecto de pozo. Pero no se escuchaba la voz de Timmy O´Toole por ninguna parte.
Empecé a sentir bochorno. Las axilas mojadas y esa dormición estúpida de las tardes de agosto. Candelaria no hacía nada. Sonreía e inspeccionaba nuestras caras, esperando algo, un gesto, mientras el pollo se cocinaba solo, con el calor directo que desprendía el volcán.
Ni gas ni fuego, solamente calor.
Me asaltó de nuevo lo absurdo en el viaje de vuelta.
Si el calor de un volcán podía asar un pollo, el agua hirviendo de las Burgas sería el método perfecto para cocinar unas lentejas.
Y me presenté allí. Chorizo, panceta, patata y lenteja. Que azafrán seguro tenía el agua. Metí todo colocado de manera ordenada en el escurridor de una freidora de restaurante. Y me senté.
Un amable policía me agarró por el cuello del jersey y me llevó al coche patrulla.
Nunca supe el resultado de mis lentejas “ás Burgas”.
Pero lo absurdo, lo absurdo me asedia todos los días.
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