Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Deletrear a Xesús Alonso Montero
RECORTES
Algo tiene Gabriel Rufián que le confiere un aspecto singular e incluso y si me apuran, altamente contradictorio. Nacido en una familia del cinturón obrero y emigrante de Barcelona, sus raíces están como muchos de los que pueblan esa gran conurbación, en Andalucía de la que proceden sus padres y sus abuelos y de cuya huella no ha podido desprenderse por más intentos que ha perseguido. Rufián tiene ademanes de banderillero y su paseo hacia el escaño, con un traje tan apretado que parece más un corsé y la corbata que le atosiga el pescuezo como el nudo de un ahorcado, más que un paseo parece un paseíllo porque el diputado bracea como si llevara un capote enroscado al cuerpo y vistiera de grana y oro con la montera calada hasta su poderoso entrecejo.
Rufián –un apellido como ese merecería un estudio genealógico en profundo porque uno no se llama así por causa gratuita- es un independentista que no lo parece por aspecto e incluso por procederes, y dice su biografía que estuvo un tiempo militando en una organización que pugnaba por la independencia de Cataluña pero en castellano, un comportamiento que tiene su morbo y que no estoy seguro sentara bien en los círculos afines a la secesión. De hecho, esas cosas no caen nada bien en su propio partido como se ha manifestado estos días con la desconfianza y el resquemor que se adivina entre sus compañeros desde Barcelona.
Ahora le ha dado por convertirse en adalid de una operación destinada al rescate del viejo Frente Popular del 36, ante la amenaza del futuro y cada vez más amenazador triunfo de la derecha y la ultraderecha convertido en la madre de todos los argumentos, una propuesta que, a pesar de ese deje castizo que le caracteriza y esa apostura chispera del sujeto que llegó algo forzado a los Madriles y lleva seis años de residencia, no acaban de digerir todos aquellos que Rufián desea convocar para cumplir su proyecto.
En Barcelona, sus compañeros de ERC sospechan que tantos años en la capital lo están convirtiendo en madrileño. Por eso andan con la mosca detrás de la oreja mientras la multitud que se aloja a la izquierda del PSOE está estudiándolo al microscopio ante la certeza de que se le ido la pinza. El nuevo Frente Popular necesita un ajuste fino.
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