La lógica torcida del neoimperialismo

Publicado: 04 sep 2026 - 01:50
Opinión en La Región
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Hay una idea que está de moda en los círculos de la derecha y la ultraizquierda: un mundo simplificado en tres o cuatro grandes espacios de hegemonía. Estados Unidos mandaría en las Américas, Rusia, en su “extranjero próximo”, China, en Asia-Pacífico, quizá India tendría también una zona exclusiva. Los demás países serían piezas menores, toleradas mientras no contradigan al amo de cada región. John Mearsheimer ha dado respaldo académico a esta visión. Su mal llamado “realismo” sostiene que, como las grandes potencias buscan dominar sus regiones, el equilibrio debe imponerse a los estériles proyectos liberales de multilateralismo y de un Derecho limitador de superpotencias. Aleksandr Dugin llega por otra vía —imperial y abiertamente antiliberal— a un resultado parecido: grandes bloques e identidades colectivas cerradas. Ambas doctrinas rebajan a los países pequeños o medianos. Los odian.

Pero el error empieza en el diagnóstico. Turquía no es una ficha rusa ni occidental. Irán no obedece de forma directa a Moscú. Japón, Corea del Sur y Australia pueden alterar el equilibrio regional y mundial. Polonia o los países bálticos tampoco son objetos sobre los que Washington y Moscú puedan negociar. Son, todos esos países y muchos más, sociedades con intereses propios y con voz propia, no vasallos. La sobresimplificación “realista” explica también la obsesión del trumpismo por llevar a cabo un “Kissinger al revés”: atraer a Rusia para separarla de China. Eso es leer 2026 con el mapa de 1972. Entonces existía una profunda fractura sino-soviética, pero hoy Putin necesita a Beijing económica y estratégicamente y Xi obtiene de Rusia energía, materias primas, profundidad estratégica y un socio dedicado a erosionar el orden occidental. En África, por ejemplo, Putin pone los mercenarios y Xi pone el sometimiento económico a la junta militar de turno. La relación rusochina es asimétrica, pero Moscú tiene pocos incentivos para romperla. La analogía con 1972 es engañosa.

Mearsheimer tituló uno de sus libros “Los sueños liberales y la realidad internacional”. Intentó sin éxito refutar el universalismo liberal. Que Iraq fuese un desastre no prueba que la libertad individual sea una extravagancia occidental: lo que demuestra es que una sociedad libre no se fabrica desde un portaaviones. Los enemigos del “globalismo” no quieren ver la decisión unánime de las personas cuando pueden elegir. Millones emigran hacia Occidente o se exilian en él. ¿Cuántos arriesgan la vida para instalarse bajo el orden ruso, chino o iraní? La dirección del flujo humano es una votación. La gente busca libertad personal, modernidad, seguridad jurídica, propiedad, movilidad social y gobiernos civilizados. En sus propios países, los sectores más dinámicos de la sociedad importan cuanto pueden del estilo y de los valores de Occidente. Por eso el “globalismo” liberal no ofende a los “pueblos del Sur” sino a las élites que viven de someterlos. Al autócrata le conviene explicar que los derechos humanos son una boba peculiaridad occidental, porque así la censura se vuelve “tradición”, la represión “soberanía” y la conquista de un vecino “seguridad regional”. A cierta nueva derecha occidental le seduce el mismo lenguaje porque sustituye al individuo por la nación orgánica de arcaicas raíces religiosas y tradicionales.

Las esferas de influencia implican soberanías desiguales. Trump ha asumido esa lógica en su política exterior, con una versión nueva y peor de la Doctrina Monroe y su pretensión de “dominancia” hemisférica. Hay quienes ven paz en ello. Imaginan un acuerdo entre superpotencias: cada una controla su barrio, ninguna invade el del vecino y la disuasión mantiene la paz. Las bandas mafiosas se reparten la ciudad y no hay tiroteos. Pero al final, siempre terminan por vulnerar los límites. Las potencias cambian, los Estados subordinados se rebelan y cada hegemón interpreta cualquier ganancia del otro como amenaza. Las esferas de influencia no eliminan el peligro, como mucho lo aplazan. Y crean millones de súbditos forzosos de potencias iliberales, absolutas. Hay una lógica mejor. Ludwig von Mises vinculaba la paz con la autodeterminación en una lógica de Estados limitados. Hayek escribió que “un mundo apto para que vivan los pequeños Estados” beneficiaría a todos y defendió un Derecho internacional capaz de limitar el poder estatal. Kant había formulado antes la idea esencial: no un imperio universal, sino una gran federación de países libres.

Ahí está la alternativa. No un mundo sin potencias, sino un mundo donde cualquier potencia media o grande encuentre límites irrebasables. Países protegidos por reglas, no “civilizaciones” encerradas en los dogmas superados de las religiones. Individuos capaces de comerciar, viajar, hablar y escoger. Pluralidad interna y global. El neoimperialismo presume de realista porque acepta el uso descarnado y brutal de la fuerza. En realidad confunde lo que los tiranos desean con lo que el mundo moderno y global, individualista e ilustrado, ansía ser. El neoimperialismo es un cáncer venga de Moscú, de Washington o de Beijing.

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