Entre Louro, Carnota y o Pindo, el mitificado olympo celta

DEAMBULANDO

Publicado: 13 jul 2026 - 05:10
Opinión en La Región
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Transitando por la Ría de Muros, a la que también se dice de Noia, nos hallamos al poco por la expuesta costa desde esta ría a la de Corcubión o Cee. Una franja de litoral que ofrece tanto como para completar una jornada. Tanto da esta costa donde se asienta, dicen, el Olympo celta en los montes del Pindo, la cascada del Xallas y la playa más extensa de Galicia y acaso la más hermosa entre las hermosas en un arenal deslumbrante separado de la costa por las brañas o praderías sumergidas o más bien surcadas de numerosas venillas o canalillos de agua que por la altamar colman estas marismas de juncos y cañaverales.

Nos vemos ruando en Muros por su marítima fachada de emblemáticos soportales adentrándonos en otras tan estrechas que casi exigían pasar de medio lado, si flaco; si de obesidad discreta, dudaríamos si posible el paso por estas tantas calles que dejarían en menos a la famosa de Sal Si Puedes, de Santiago. Las calles aún llevan nombres que no es dado encontrar en otra parte, como Rua do Calvario, por lo sufrida de transitar. Creo: Rúa do Clavel, por las plantas que debían exhibirse en balconada; Rua da Angustia, por su desespero; Rúa do Sufrimento, que no hace falta decir por qué; Rúa da Amargura, lo mismo, cuando nos topamos con la rua del Trueno y más adelante la de Pardal, por los gorriones o pardaos. Un muestrario del carácter de esta villa a la que asociamos con personajes que llevaron apellidos de la villa como Diego de Muros hasta el III, el más famoso, que fue deán de Santiago, consejero de los Reyes Católicos, promotor del Hostal y del Hospitalillo, de un linaje de nobles y obispos entre los que Diego I.

A Muros, camino de Carnota, le sucede San Francisco, porque convento por arriba tiene, de atestadas playas, como todas en soleado y dominical día amén de caluroso, cuando damos en la punta del monte Louro que se eleva como cónica divisoria en la entrada de la ría por el norte; un faro automático, un camino terreo que te puede llevar al entorno de la laguna de Louro o Xarfas, separada de la costa por un dunar arenal donde las playas de Ancoradoiro, Area Maior y Louro, son como tres en una.

Dura la solaina cuando pretendimos circunvalar la laguna; por Ancoradoiro, camping, con vacacionales inundándolo todo, cuando a la contemplación del playal de Lariño, de finísima y blanca arena. Lira fue la inmediata antes de recorrer el longincuo pueblo de Carnota, parroquial con casi adosado cementerio y afamado hórreo, que pasa por el de más pies y por ende el más largo de Galicia, cabe a la playa donde al cobijo del Solana Bar, de tan atentos camareros que hacían grata la estancia saboreamos de pulpo, navajas, calamares, relajados bajo la umbría de sacos por toda cubierta.

Juzgando la cantidad ingente de autos podríamos sospechar que nada quedaría de este santuario que fue la playa de Carnota, de tan invadido hoy cual romería, y así sería que accedidos al arenal, un mar de sombrillas inundaban, de Lira a Caldebarcos, esos casi 10 km. de curvada luna, flanqueado por el norte por las marismas de Caldebarcos, ese somero lacunar alimentado por unos riachuelos del Pindo: Louredo, Pedra Figueira y Valdebois.

Ya no quedan santuarios, pensaba mientras miraba al Monte Pindo, esa que se dice morada de las deidades célticas donde poco ha ascendido por cuarta vez hasta la misma Moa, su más alta cima, a más 600 m. desde el costero pueblo de Pindo, pasando por a chan de Lourenzo y su antropomorfo gigante granítico, donde tanto instaba el sol cuanto estos días, lo que nos obligaba a parada y refrigerio a la sombra de unos frondosos sauces como brotando de un casi enlosado suelo. Parada que se agradeció para retomar aliento hasta las marmitas de A Moa, esos círculos o pozas escavados en la roca por la erosión, con vista impresionantes del litoral desde la romana Finisterrae al Miño, una de las más hermosas o acaso la más de todo el país. Bajamos porla aldea de Fieiros y afrontamos, aunque no se crea, lo más duro por las tremendas rampas de Ézaro, a la vera de una cascada que se precipita a la mar.

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