Luis Carlos de la Peña
CAMPO DO DESAFÍO
Las nuevas generaciones vivirán mejor
Entorné los ojos alineándolos con el horizonte.
La alarma del teléfono móvil había desistido en todos sus intentos, consciente de mi afición por las vacaciones de un minuto. El minuto que tú no me quisiste conceder. Fue el ruido de la mujer del bar de enfrente que me despertó, no ella, claro, sino el estruendo del vidrio estallando dentro del contenedor.
Me tapé la cara con las manos, en otro intento inútil de volver a dormir, mientras Leo, acomodado entre mis piernas, agitaba la oreja derecha.
La que mueve como un resorte si en la habitación sucede algo.
A Leo no le gustan los ruidos que no puede ver.
Por la rendija de la persiana entraba una luz tenue, gris ceniza, y un murmullo de asfalto avisaba. Paula, de espaldas al otro lado de la cama, sostenía el móvil pausado, casi sin fuerza, en mitad de un vídeo de ASMR, tan sometida al sueño que ni el destello de la pantalla podía molestar.
Lúa arañaba la pared con un sonido de aguja.
Le preparé el desayuno. Una lata de comida húmeda y varios “shhhh”.
En la ducha me quedé más tiempo de lo normal. Pensando en si todavía recuerdo cómo se monta en bicicleta. Cerré el grifo cuando empecé a sudar debajo del agua caliente, y me planteé si debía ducharme de nuevo.
Me acordé de que ayer no llamé a mamá.
Mientras dibujaba espirales de café, busqué el número de teléfono de la autoescuela, a ver si hoy el miedo, al fin, había decidido abandonar su tarea de condicionar algunos de mis movimientos diarios: ir al Carrefour, escoger mis propios horarios, poder independizarme de los taxistas.
Pero nada.
El portazo del vecino resonó en el rellano como suspendido en el aire.
Y otra vez nada.
Me senté en la mesa de trabajo, una pequeña donde solo cabe lo necesario. El portátil, la taza de café y el ratón, que el trackpad es un espectador secundario.
Ordené pedazos y sílabas frente a la pantalla, observé la casa, la televisión inmóvil con el reflejo opaco de las ventanas. El silencio en huellas.
Y el mantel de la cena sin recoger.
El aleatorio me traicionó con la canción que me enseñaste dos días antes.
Volví al baño. A los retortijones y la desgana de terminar algo que no sabes cómo termina, escuché a Pablo en el piso de arriba. Con la risa entre murmullos, acompañado, porque nadie murmura si en la habitación no hay nadie más.
El siseo del agua delató a Paula en su intento por ajustar la temperatura del grifo, y me asomé a la silueta borrosa de su cuerpo trazado sobre la mampara.
Le preparé un Cola Cao y la esperé con las piernas enquistadas entre las patas de una silla de la cocina.
Le abrí la puerta al lunes. Otro lunes más.
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