Miguel Michinel
TINTA DE VERANO
Maia y Saturno
TINTA DE VERANO
En la mitología romana, Maia era una divinidad asociada primordialmente con el crecimiento, la fertilidad y la primavera. Representa la fuerza vital que hace que la naturaleza florezca. Su nombre está estrechamente relacionado con la raíz latina maius (mayor o grande). De hecho, el mes de mayo (Maius) recibe su nombre en honor a ella, siendo la divinidad a la que se rendían honores al inicio de la temporada de cosecha y de flores.
No era considerada una deidad con una mitología compleja de aventuras o relatos, sino más bien una encarnación del poder de la tierra para expandirse y dar frutos. En algunos círculos sacerdotales, se la veneraba como esposa de Vulcano. De hecho, cada primero de mayo, el Flamen Volcanalis (el sacerdote principal de Vulcano) le ofrecía el sacrificio de una cerda preñada, como símbolo de fertilidad: la tierra que está a punto de entregar sus frutos.
Se confunde a la Maia romana con su homónima griega, la Pléyade hija de Atlas, madre de Hermes (o Mercurio, en Roma). En verdad, con el tiempo, por la influencia de la cultura griega en Roma, ambas se fusionaron y, en muchos textos romanos tardíos, se considera a la Maia romana la madre de Mercurio, honrándola cada 15 de mayo en las “Mercuralia”, festival donde los mercaderes pedían prosperidad a madre e hijo.
En cambio, en las “Saturnalia”, se celebraba a Saturno y era una fiesta de inversión de roles: los esclavos eran servidos por sus amos, se permitía el juego de azar en público y se buscaba recrear la Edad de Oro, donde no había leyes ni clases sociales. Ahora bien, mientras que Saturno representa el tiempo que devora y la tierra que descansa, Maia representa lo contrario: la naturaleza que es fértil y la tierra que produce.
Ni la lluvia ha podido ahogar esas jóvenes voces que aún sostienen una de las tradiciones más emblemáticas de nuestra ciudad
No deja de suponer, entonces, una curiosa paradoja que la ourensana fiesta de los mayos haya reunido de modo sincrético dos celebraciones tan opuestas como las que se acaban de describir. Porque, si bien nosotros festejamos la plenitud de la primavera, con los célebres pasos de musgo adornados, al mismo tiempo, las tradicionales coplas que se cantan por las calles tienen un claro precedente en la satírica fiesta latina en honor del Titán.
La copla exagera, deforma o multiplica vicios que, a veces, no existen y atribuye otros que quizás tampoco; pero todo el mundo lo sabe, o se presupone. Lo sabe el cantor, lo sabe el satirizado y, sobre todo, lo sabe el público. No engaña, porque no pretende engañar: es mentira con etiqueta, incluso pactada, que se puede cantar a la cara del afectado, en su propia plaza, ante testigos. Quizás por eso es inofensiva. O eso parece.
Ni la lluvia ha podido ahogar esas jóvenes voces que aún sostienen una de las tradiciones más emblemáticas de nuestra ciudad. Para variar, el blanco preferido este año ha sido el alcalde, igual que el pasado, mientras que Donald Trump aparecía apenas como el Actor Secundario Bob de los Simpson, casi de relleno cómico. La avenida de Portugal, los autobuses o el periplo judicial eran dianas demasiado jugosas como para dejarlas pasar.
Pero, tal vez haya una explicación que salve la paradoja de honrar en conjunto a Maia y a Saturno, considerando lo dicho y con el rumor de las coplas todavía resonando en los oídos. Y es que, aun situadas en fechas opuestas del calendario, ambas presentan un detalle en común. Porque, al igual que la pobre cerda preñada era sacrificada en mayo, del mismo modo, como reza el refranero, en noviembre, a todo cerdo le llega su san Martín.
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