Las manos

Publicado: 06 oct 2026 - 01:10
Las manos.
Las manos.

Juhani Pallasmaa, arquitecto y pensador finlandés, es el autor de un magnífico ensayo que lleva por título “La mano que piensa”, en el que nos recuerda que nuestra relación con el mundo empieza, mucho antes de que podamos explicarla con palabras, en buena medida, con las manos.

En esta obra que me ha parecido magnífica, explora un planteamiento que resulta sugerente porque rompe con la idea de que primero pensamos algo en la cabeza y después nuestras manos se limitan a ejecutarlo. Efectivamente no siempre funciona así, porque muchas veces pensamos mientras hacemos, descubrimos mientras tocamos y comprendemos lo que no sabemos explicar mientras nuestras manos trabajan.

Las manos están ahí desde que empieza el día. Abren la persiana, preparan el café, buscan las llaves, pasan las páginas de un libro. Escriben, señalan, saludan. A veces se esconden en los bolsillos y otras veces buscan la mano de otro sin necesidad de pensarlo. Hacen tantas cosas que hemos terminado por no prestarles atención.

Y, sin embargo, quizá sean una de las formas más profundas que tenemos de estar en el mundo.

Un niño lo sabe mucho antes que nosotros. Antes de comprender qué es una piedra, la coge. Antes de saber explicar qué es el agua, intenta tocarla. Aprende que algo quema retirando la mano y que algo es suave pasando los dedos por encima. Hay una forma de conocimiento que empieza en la piel y que, con los años, vamos sustituyendo por otras formas de saber.

También escribimos con las manos. O escribíamos más de lo que escribimos ahora

De modo similar a Pallasmaa, Maurice Merleau-Ponty, dedicó buena parte de su obra a pensar esa relación entre el cuerpo y el mundo. Para él, nuestro cuerpo no es simplemente una cosa que está dentro del mundo, sino el medio a través del cual entramos en relación con él. Tal vez por eso las manos tienen un lenguaje propio.

Una mano puede ser brusca y puede ser delicada. Puede apartarnos o acercarnos. Puede imponerse, pero también puede pedir permiso. Hay manos que conocemos por su manera de estrecharlas y otras que reconocemos incluso antes de mirar a quién pertenecen. Está la mano de quien nos ayuda a levantarnos y la que se posa sobre nuestro hombro cuando no hace falta decir nada.

Y luego está la caricia. Una caricia no sirve para hacer nada y, precisamente por eso, quizá diga tanto. No resuelve un problema ni termina una tarea. Simplemente está ahí para decirle al otro que estamos cerca.

Hay cosas que solo comprendemos cuando las tocamos. Una mano envejecida. El rostro de un hijo. La madera de una mesa. El papel de una carta que alguien escribió hace muchos años. La mano de una persona querida que buscamos casi sin pensarlo cuando caminamos juntos.

También escribimos con las manos. O escribíamos más de lo que escribimos ahora.

Cuando escribimos, la mano no se limita a obedecer al pensamiento. A veces lo acompaña y otras se adelanta. Una palabra nos lleva a otra. Una frase que no habíamos previsto aparece en el papel. La letra tiene nuestro pulso, nuestras prisas, nuestras dudas. Se equivoca con nosotros. Al final el pensamiento encuentra su camino mientras la mano escribe.

Quizá por eso resulte tan extraño que, mientras la tecnología nos promete tenerlo todo “al alcance de la mano”, cada vez tengamos menos cosas entre las manos.

Tal vez el quid de la cuestión está en que deberíamos mirar más nuestras propias manos y recordar lo que son. No solo las herramientas con las que hacemos cosas, sino aquello que nos permite entrar en contacto con los demás y con el mundo.

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