Julia Navarro
Adjetivos calificativos
La palabra “chip” tiene muchas posibilidades de convertirse en el vocablo del año. Muchas son las noticias que se publican desde hace unos meses sobre las derivadas de la escasez de estos dispositivos electrónicos, como los recientes por parte de Stellantis y SEAT, abocadas a un ERTE por falta de microcomponentes que afectarán a gran parte de sus plantillas por lo menos hasta el verano del 2022, según sus cálculos.
El problema de fondo de esta gran crisis macroeconómica global no es otro que la existencia de un gran desequilibrio entre la oferta y la demanda de chips y que tiene a la industria automovilística, entre otras, como grandes damnificadas de esta crisis global que albisca su resolución a finales del año próximo como muy pronto.
El auge de nuevas tecnologías como el 5G, la inteligencia artificial, las criptomonedas y los servicios ha venido acrecentando la demanda de microprocesadores a doble dígito durante los últimos años, ya que requieren circuitos muy avanzados. La llegada del coronavirus, con el mundo encerrado en sus casas teletrabajando y consumiendo ocio a través de dispositivos electrónicos ha servido para disparar su demanda a cifras incluso del 55% respecto al año anterior, un volumen que los fabricantes son incapaces de servir en tiempo y forma.
Las estratosféricas inversiones en infraestructura y tecnología necesarias para mantener una empresa de fabricación de chips de alta generación, así como la rigurosidad de los procesos en toda la cadena de ensamblado, han reducido el sector a tres grandes compañías fabricantes especializadas: TSNC, Samsung e Intel. La concentración de la manufactura en manos de tan pocas empresas hace muy difícil que se pueda hacer frente a una creciente demanda de chips, debido también a la naturaleza de los procesos de fabricación, que requieren materiales, tiempos y condiciones muy específicas que no se pueden optimizar más. En esta situación muchas de ellas han decidido priorizar la fabricación de sus chips más rentables, que suelen ser los de tecnologías más avanzadas y precios más elevados como los de dispositivos móviles y tarjetas gráficas, y mantener en un segundo plano sus modelos menos avanzados, utilizados en automóviles y electrodomésticos.
La situación política y económica entre Estados Unidos y China con vetos a muchas empresas tecnológicas y la crisis de transporte marítimo derivada de la pandemia han complicado todavía más esta situación, lo que ha disparado los pedidos por parte de determinadas industrias. Los fabricantes, en el punto de mira, intentan atajar este problema auditando pedidos y ofreciendo líneas de producción a industrias clave para la economía global como la automotriz, que había predecido una demanda menor de vehículos por la pandemia y había reducido el número de pedidos.
Resulta paradójico ver cómo unos dispositivos de ínfimo tamaño pueden hacer tambalear la economía de todo el planeta, afectando a un grandísimo número de empresas y trabajadores en diferentes países e industrias. Para intentar ponerle solución a esta grave crisis, tanto instituciones como la Unión Europea y fabricantes como Intel han presentado ya sus planes para impulsar la producción de semiconductores en los dos continentes, buscando así descentralizar la industria en Asia.
El reto es muy complicado de resolver a corto plazo, si no imposible, ya que se trata de una industria que requiere mucho tiempo y mucho dinero. La solución que se plantea a corto plazo es que los fabricantes puedan mejorar mínimamente su ritmo de producción y establecer cuotas de fabricación equilibradas entre todos sus clientes para evitar dejar a determinadas industrias en jaque, algo que en teoría puede parecernos muy fácil y que en la práctica depende de muchos más factores de los que nos imaginamos.
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