Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Una mina
En su libro “La lámpara maravillosa”, escribía Valle-Inclán la frase exacta: “Quien sabe del pasado, sabe del porvenir”, reflexionando sobre la naturaleza circular del tiempo, y advirtiendo que analizar la historia permite anticipar el destino que aguarda a los individuos, los pueblos y a la humanidad.
Conviene, para entender el asunto, situarse en el origen del fin, es decir, en el 9 de noviembre de 1989, cuando, tras 28 largos años, caía el inexpugnable Muro de Berlín, una barrera de más de 150 km y más de 3 metros de altura, reforzada con alambre de espino, torres de vigilancia, policía, perros y una temida “franja de la muerte”. Denominado en Alemania Oriental como “Muro de Protección Antifascista”, fue construido para disuadir de la huida de alemanes hacia Berlín Oeste, donde se conoció como Muro de la Vergüenza.
A las 19:00 horas de aquel 9 de noviembre, ciudadanos provistos de picos, mazos y martillos comenzaron a derribar el paredón desde ambos lados, dejando a la vista la realidad del presumido paraíso de la URSS: un colapso económico bajo un régimen estatalista y totalitario, esforzado en deshumanizar a la población. El Muro de Berlín, que había sido icono de la Guerra Fría, se convertía en el descabello del socialismo, evidenciando la prosaica imagen de la miseria igualitaria soviética.
Claro que aquel batacazo no contentó a todos. Por supuesto que sobrevivió -y aún perdura- algún romántico ansioso del regreso del marxismo porque, que nadie se engañe, el comunismo no es un sistema político, sino un modelo económico, obviamente fracasado, cuya aplicación se apuntala en una dictadura. ¿Quiénes lo añoran? Pues son perfiles contados: los que vivían bien en aquel régimen y los que quieren tener lo mismo que los demás, pero sin necesidad de dar un palo al agua, es decir, repartir lo ajeno para tomarlo como propio, dentro de un marco legal que no pueda calificarse como robo.
Un papel que, de triunfar en sus aspiraciones, los arrojará a los cascos de las autoridades resultantes, las primeras en despreciarlos.
Por supuesto que, al quedar manifiesto el hundimiento del socialismo, los nostálgicos tuvieron que desarrollar nuevas estrategias para intentar resucitarlo. Para ello tomaron como punto de apoyo la anemoia -un término moderno y poético que designa la nostalgia por un tiempo o una época que nunca se vivió realmente-, y como palanca a la ideología woke.
Es en esa doctrina, o bien mirado, tontería, donde reside la naturaleza del resto de herederos soviéticos, unos como peones y otros como tontos necesarios, aunque ninguno de ellos sea consciente de su función, especialmente amparados bajo el paraguas de la cultura. Un papel que, de triunfar en sus aspiraciones, los arrojará a los cascos de las autoridades resultantes, las primeras en despreciarlos.
Aunque lejos de la sabiduría y la erudición, el empuje de culturetas de insulto fácil los hace conscientes de que a lo largo de la historia la cultura se ha revelado como uno de los más poderosos instrumentos que igual puede servir al progreso de la humanidad o contribuir a someterla.
Una creencia tan devastadora que sirvió de inspiración al propio Tolkien para profetizar la actual deriva de Disney, asegurándose de que nunca se adaptase El señor de los anillos. Y no es para menos, porque ese cambio en las relaciones sociales, equivocadamente denominado como “cultura” woke, arruina todo lo que toca.
El prestigioso doctor Enrique Rojas, catedrático en psiquiatría, autor, divulgador y director del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas de Madrid, lo deja claro: el ideario woke es relativista, ausente de límites, contrario a la naturaleza humana, destructor del ser humano y promotor del desmoronamiento de la familia como núcleo central de la sociedad. ¿Y todo para qué? Para que algunos resentidos cetrinos puedan organizar una nueva revolución que derrame sangre y someta al pueblo, apoyándose en ucronías para adoctrinarlo desde el Estado.
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