El mirlo blanco (y II)

Publicado: 25 may 2026 - 02:00
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La parte anterior del artículo ponía de relieve las consecuencias de la caída del régimen económico comunista de la antigua URSS, y cómo los románticos del neomarxismo pretenden resucitarlo. Básicamente, con una estrategia de conflicto y confrontación, un enfrentamiento de todo contra todo para abrir las más profundas brechas en la sociedad, al más puro estilo de José Luis Rodríguez Zapatero, a micrófono abierto, afirmando en 2008, en ejercicio de la Presidencia de España, que “nos conviene que haya tensión”. Principio evocado y superado por su discípulo adorado, Pedro Sánchez, quien, en idéntico cargo público, se posicionó en levantar un muro en el Parlamento.

Pero, lejos de un simple encontronazo, lo que vienen fomentando es un choque frontal de trenes entre españoles, porque aquellos políticos que antes legislaban para las mayorías, protegiendo a las minorías, han entendido que les sale más a cuenta legislar para las minorías en contra de las mayorías, simplemente porque el coste es menor, y permite disponer de más recursos para malversar a discreción.

Una rivalidad alimentada desde el corazón mismo del poder, que basa su táctica en un abismal escalón de asimetría, con el fin último de acerar aún más las rivalidades. De este modo, burlarse de los blancos es algo aceptable, pero si se hace de los negros, se trata como racismo. Mofarse de un hombre es tolerable, pero cuando es de una mujer, se convierte en misoginia. Pitorrearse de los heteros carece de la menor repercusión, pero chotearse de una lesbiana se interpreta como homofobia. Recochinearse de la derecha carece de consecuencias, pero regodearse de la izquierda se acusa como fascismo. Bufonearse de los cristianos es intrascendente, pero de un musulmán es intolerancia. Befarse de la mayoría se acepta, pero reírse de una minoría es discurso de odio. En fin, es hipocresía si no instrumentalización de la diversidad de opiniones para someter a la sociedad.

Se dice que el mirlo blanco es una rara avis inocente y pánfila, pero esto no es inocencia sino la maniobra del mirlo negro

Pero la joya de la corona está en la ideología de género, que busca reducir a cenizas la convivencia. De entrada, no existe ningún principio o fundamento biológico que justifique la existencia de más de dos sexos: macho y hembra. Incluso en el caso de los caracoles que pasan a ser hermafroditas, solo tienen dos sexos, alternativamente macho y hembra. Solo aceptando la propuesta del psicólogo canadiense John Money, quien sustituyó un término semántico -sexo por género-, dando lugar al género masculino y femenino, pero sobre todo neutro, que abría todo tipo de expectativas. Es en este punto donde los seguidores de la ideología de género tomaron el lenguaje psiquiátrico para trasladarlo a las arenas políticas, transformando, entre otros muchos términos, el heterosexismo en homofobia, una atribución que les permite excluir de la especie humana a quien disienta de sus ideas.

No obstante, la realidad dicta algo muy diferente. Se puede coger a un hombre, practicarle una vaginoplastia, ponerle unos implantes mamarios y atiborrarlo de hormonas, pero eso no lo convierte en una mujer. Su anatomía, fisiología, sus neuronas y sus cromosomas siguen siendo los de un hombre, castrado, pero hombre. Por lo tanto, no es una mujer, sino un hombre con apariencia externa de mujer. Esto explica por qué la reasignación de sexo no soluciona el conflicto emocional que la mayoría de los intervenidos denuncian.

Aquí es donde el problema se recrudece, porque el hombre que recurre a una cirugía para cambiarse de sexo tiene un conflicto entre su biología y su mente, su psicología, su espíritu o como quiera llamarlo. Pero el cuerpo no tiene sentimientos, emociones ni pensamientos; luego habría que haber empezado por la mente, porque ser mujer va mucho más allá de una simple vagina y unos pechos. Es una forma de pensar, sentir y experimentar su mundo y a sí misma.

La cuestión de fondo es el empeño en normalizar lo que es minoritario, incluso desde las estadísticas de grupos LGTB, que admiten el sesgo e imprecisión de sus conclusiones. Amputarle una mano a todos no significa que lo normal sea ser manco. Pero los gobiernos sustentados en minorías toleran el adoctrinamiento infantil desde las escuelas sobre temas que le competen solo a las familias. Unas familias que intentan sustituir con un perrito -a falta de reproducción-, convirtiendo al humano en “mamá perrita”, pero olvidando que la granjera que cría cerdos y pollos se convertiría en “mamá cerda y polla”, respectivamente. El trasfondo es una inseguridad, como si a la mayoría le importase lo que cada cual tiene dentro de la bragueta. Por suerte, a las personas no se les valora por ese atributo. Se dice que el mirlo blanco es una rara avis inocente y pánfila, pero esto no es inocencia sino la maniobra del mirlo negro; integrarse no puede pasar por obligar a los demás a cambiar, sino por aceptarse a uno mismo en la diferencia.

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