Victoria Lafora
La tozuda realidad
SENDA 0011
Este martes, sin que casi nadie repare en ello, el año llega a su punto medio. El 30 de junio es la línea que parte el calendario en dos mitades iguales, y sin embargo no la celebra nadie. No hay propósitos de mitad de año, ni brindis, ni esa euforia un poco impostada de las campanadas. Pasamos de página como si nada, con la cabeza puesta ya en las vacaciones, y dejamos escapar el único momento del año en que de verdad podríamos mirarnos al espejo sin trampa.
Lo pensaba el otro día en Ourense, con la ciudad empezando a vaciarse y ese calor espeso que anuncia que el ritmo va a cambiar. En enero todos hacemos cuentas de lo que vamos a hacer. En junio, casi nadie hace cuentas de lo que hemos hecho. Y, sin embargo, es ahora cuando se ve la verdad. En enero hablamos de intenciones, que no comprometen a nada. En junio hablan los hechos, que no admiten discusión. Aquellos seis meses que se abrían infinitos caben ya enteros en la memoria, y con ellos la distancia exacta entre lo que dijimos que íbamos a ser y lo que hemos sido.
Cuesta hacer ese balance porque casi siempre es incómodo. La lista de enero suele estar más limpia que la foto de junio. Pero esa incomodidad es justamente lo valioso. Llegar a la mitad y atreverse a preguntar en serio qué propósitos siguen vivos, cuáles abandonamos sin darnos cuenta y cuáles ya no tienen sentido, es un ejercicio mucho más útil que volver a empezar de cero cada uno de enero. El que corrige a tiempo todavía tiene medio año por delante. El que espera a diciembre solo tendrá excusas.
No defiendo el descanso como huida. Defiendo la pausa con cabeza, la que sirve para algo. Parar de verdad no es desconectar el teléfono tres días y volver igual de agotado
Y luego está el verano, que llega con su propia trampa. Lo vivimos con cierta mala conciencia, como un paréntesis vacío, un tiempo muerto entre dos periodos serios. Nos cuesta parar sin sentir que estamos perdiendo algo. He aprendido, con los años, que esa culpa está mal calibrada. El descanso no es lo contrario del trabajo, es parte de él. La tierra que no se deja en barbecho termina por no dar fruto, y la cabeza funciona igual. Las mejores ideas rara vez llegan en la reunión de las cinco de la tarde. Llegan en un paseo, en una sobremesa larga, en esas horas en las que por fin dejamos de correr y la mente, libre, ordena sola lo que el ruido tenía revuelto.
Aquí, además, el verano tiene una textura propia. La provincia respira de otra manera cuando aprieta el calor. Los pueblos que el resto del año aguantan medio vacíos se llenan de golpe, vuelven los que se fueron, se recuperan conversaciones que llevaban meses en pausa. Hay quien lo mira con nostalgia, como si fuera el recuento de lo que perdimos. Yo prefiero verlo como un ensayo de lo que todavía es posible: que un sitio se reanime, que la gente vuelva, que haya vida donde el invierno solo dejaba silencio.
No defiendo el descanso como huida. Defiendo la pausa con cabeza, la que sirve para algo. Parar de verdad no es desconectar el teléfono tres días y volver igual de agotado. Es soltar el control el tiempo suficiente para recuperar la perspectiva que la rutina nos roba sin que lo notemos. Es mirar el camino recorrido desde fuera, no desde dentro. Cuando uno está metido en la rueda, confunde estar ocupado con estar avanzando, y a veces tarda meses en darse cuenta de que llevaba mucho corriendo en una dirección que ya no quería. La distancia que da el verano es la que permite distinguir las dos cosas a tiempo, cuando todavía se puede corregir el paso sin demasiado coste.
Así que estos días, antes de bajar del todo el ritmo, propongo un gesto sencillo y sin testigos. Sentarse un rato, sin pantallas, y hacer las cuentas honestas del año. Qué prometí en enero. Dónde estoy de verdad. Qué quiero que digan de estos doce meses cuando lleguen las campanadas. No hace falta apuntarlo en ningún sitio. Basta con mirarlo de frente una vez.
Porque el año no se decide en sus extremos, en el arranque solemne ni en el cierre nostálgico. Se decide en el medio, en este punto exacto en el que aún hay tiempo de cambiar el rumbo y todavía no hemos gastado la voluntad. La mitad del año no es un descanso del camino. Es el único sitio desde el que se ve entero.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
JUEVES, 2 DE JULIO
Las claves de la electrificación, a debate en el Foro La Región
VIDA DE COLECCIÓN XXXV
Galería | La pasión por el cine hecha papel
CHATBOT DE ATENCIÓN PERMANENTE
“Cero escusas”, de Sogama, desmonta mitos e desinformacións ao redor da reciclaxe