Europea no liderará nada a oscuras

Publicado: 28 jun 2026 - 03:50
Opinión en La Región
Opinión en La Región | José Paz

Europa tiene una debilidad muy europea, si me permiten la redundancia. Y es que le gusta confundir permanentemente los fines con los medios. Habla de soberanía tecnológica como si bastara con convocar una cumbre de alto nivel, presentar una nueva estrategia o redactar el enésimo reglamento para que la realidad se alinee con los deseos de Bruselas. En la capital belga hablan mucho de inteligencia artificial, autonomía estratégica, de la nube europea y la reindustrialización del continente. Pero todo eso, antes de ser un programa político, es una realidad material. Y ninguna realidad material verá la realidad sin una política energética seria.

Un centro de datos no funciona con discursos. Funciona con electricidad. La inteligencia artificial no vive en los eslóganes de líderes políticos de cuestionable solvencia. Vive en servidores, en chips, en redes, en capacidad de computación y, por tanto, en megavatios eléctricos. Dicho de otro modo, lo que parecía una cuestión digital resulta ser, en el fondo, una vieja cuestión energética. Y eso es justamente lo que Europa empieza a enfrentar, aunque lo haga a regañadientes.

Hace unas semanas, la Comisión Europea publicó su hoja de ruta estratégica para la digitalización y la inteligencia artificial en el sector energético. Conviene detenerse en ese documento, porque contiene una confesión importante. La Comisión reconoce que la inteligencia artificial y los centros de datos están elevando la demanda de electricidad y que eso puede tensionar los precios, el acceso a la red y los objetivos de descarbonización. Han tenido que llegar hasta mediados de 2026 pare reconocer lo que algunos llevamos años predicando. Que los sueños digitales son intensivos en electricidad. Una obviedad que la burocracia europea esquivaba, tan acostumbrada a tratar la energía como cualquier cosa menos como lo que realmente es: la condición básica del progreso.

La propia Comisión señala, además, que la Unión Europea quiere triplicar su capacidad de centros de datos en los próximos cinco a siete años. Y recuerda que estos ya representan alrededor del 2,5 % del consumo eléctrico europeo, con una capacidad instalada que podría pasar de unos 12 gigavatios en 2025 a alrededor de 28 gigavatios en 2030 (el equivalente al consumo eléctrico de España). Estamos hablando de una nueva capa de demanda eléctrica que competirá por red, por inversión y por estabilidad con el resto de la economía.

Europa lleva años presentando la transición digital y la transición verde como si fueran dos procesos naturalmente armónicos, dos hermanas bien avenidas que avanzan juntas hacia un futuro limpio, moderno y próspero. Pero no existe tal armonía. La inteligencia artificial exige más electricidad. La electrificación del transporte y de la industria, también. La reindustrialización exige energía abundante, fiable y a precios razonables. Y las redes necesarias para sostener todo eso no aparecen por generación espontánea. Exigen inversión, permisos rápidos, planificación seria y señales regulatorias que no conviertan cada proyecto en una carrera de obstáculos.

Durante demasiado tiempo, Europa ha pregonado más digitalización, más electrificación y más autonomía, todo esto de manera simultánea y aderezado con mucha superioridad moral regulatoria. El problema es que todas esas cosas no siempre caben dentro del mismo modelo si la energía sigue siendo cara, incierta o escasa. No se puede pedir la potencia computacional de una superpotencia mundial cuando se tiene una política energética infantilizada. No se puede prometer industria del siglo XXI con una infraestructura eléctrica pensada para sermones propios del siglo XX.

Eso explica que la propia Comisión empiece ahora a hablar de acceso a red, de flexibilidad, de datos en tiempo real, de inversiones anticipatorias, de digitalización del sistema eléctrico y hasta de cambios en los criterios de conexión para evitar que la capacidad disponible quede secuestrada por proyectos especulativos. Bruselas empieza a entender que el problema no era solo tecnológico. Era económico, era institucional y era de incentivos.

España ofrece aquí un ejemplo revelador. Sobre el papel, nuestro país parece bien posicionado. Tiene potencial renovable, mayor recurso solar que buena parte de Europa y una localización relativamente favorable para atraer inversión energética y digital. Todo eso es cierto, pero sería ingenuo creer que esa ventaja potencial es una garantía automática de éxito. El propio Banco de España mantiene para este año un crecimiento del 2,3 %, pero revisa al alza la inflación hasta el 3,6 % por el shock energético. Es decir, la energía sigue siendo el ingrediente oculto de la prosperidad y también de su fragilidad.

La gran verdad, en definitiva, es poco romántica. El relato político no puede evitar la realidad, la tecnología no puede derogar las leyes de la física. La inteligencia artificial no abolirá los principios de la economía. Y la soberanía no es algo que se decreta, es algo que se consigue… o no. Se alimenta con energía, con redes, con inversión y con una política menos obsesionada por parecer virtuosa y más comprometida con producir resultados materiales reales y tangibles. Si Europa quiere liderar la revolución digital, tendrá que asumir algo elemental. Que no basta con regular el futuro, hay que poder construirlo.

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