Jenaro Castro
TRAZADO HORIZONTAL
España está quemada
Allí se reunían, en el velorio, nuestros mayores y suponíamos, como chicos que éramos, que el post mortem era un tiempo para la tristeza y para la resignación. No voy a contar aquí, cómo lucía el difunto, con su pijama y su pajarita, en medio de la mejor habitación de la casa. Un par de velas gordísimas chisporroteaban con una luz siempre tambaleante, y con aquel humo negro, que se pegaba sobre las paredes y sobre el presunto fiambre medio descompuesto.
Observábamos al muerto a hurtadillas, con temor y algo de miedo. Poco a poco observando, mirando furtivamente, nos fuimos dando cuenta de que el hombre muerto estaba aún despierto. La luz no era buena y aunque podíamos equivocarnos tuvimos la impresión de que el viejo arqueaba las cejas, cambiaba el rictus bucal, y en fin… se movía primero despacio y después frotándose las manos y tamborileando los dedos.
Comenzó, el ya extinto, a inspeccionar la estancia parándose deliberadamente en su señora y no le pareció tan triste y apenada, mientras departía enlutada, como un cuervo negro, con el orondo director del banco y, más tarde, con el panadero. Entonces… se levantó de repente y sin decir nada, saltó del ataúd con una filigrana y se fue al final del pasillo, a mano derecha, y entró por la puerta que estaba al lado del palanganero. Nos miramos unos a otros y nos encogimos de hombros suponiendo que sería costumbre que el muerto se levantase al servicio sin más zarandajas y miramientos.
Nadie se percató de lo que vimos porque lo estaban pasando tan bien charlando a diestro y siniestro y regando el gaznate con aquel vino dulce, aquel chocolate y los torreznos. Con aquellos ojos abiertos como platos fuimos testigos de aquello que les cuento. Volvió del baño dando un portazo y se acercó a pinchar un poco de queso y dos pimientos. Se limpió con el envés de la mano, se acercó al espejo de la salita y se arregló lo mejor que pudo el desfigurado careto.
En ese momento llegó el alcalde y dio el pésame como quien echa un discurso en el Ayuntamiento. Le pareció al muerto un rollo inapropiado y de puro cumplimiento. Volvió al ataúd de caoba y se acostó diciendo: “para lo que hay que oír y lo que hay que ver y con este frío del invierno, casi estoy más calentito dentro”.
El lúgubre lugar, el humo oscuro de las amarillas velas, el bis-bis de algún rosario de las beatas y el sueño, hicieron que yo, me durmiese como un ceporro apoyando la cabeza en un hermoso pecho. Lugar que me pareció adecuado para acompañar en el sentimiento. Desperté con una bofetada que me dio la madama con su manaza de camionero.
Desde entonces, aunque las campanas lloren compulsivamente porque alguien las ha espichado, o séase… ha muerto, y un silencio estremecedor avance sobre la población metiendo miedo, yo vengo a suponer que la risa forma parte del ritual que humaniza el absurdo final de esta vida que parece de verdad mientras dura, pero que sólo es, me parece, un periquete, un santiamén, un retal del tiempo.
Y mantener la compostura. Si un día el médico, en manera culta el galeno, nos informa: “Lo siento mucho, pero esto es el final de su mísera vida. ¿Desea ver a alguien?” A otro médico, contestaremos, eso por supuesto.
No se le ocurra a usted morirse. Pero en tal caso que sea de risa, como se lo cuento.
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