Fernando Ramos
HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL
Gallegos por el mundo y anécdotas y episodios americanos
Hasta tres veces me salieron al paso recientemente las mujeres ventaneras, inopinadamente, de sopetón. La primera fue en el mes de febrero de 2024, momento en que tuve oportunidad de asistir en el teatro María Guerrero a una función de La casa de Bernarda Alba. Al final del segundo acto Bernarda les dice a sus cinco hijas: “Siempre os supe mujeres ventaneras y rompedoras de su luto. ¡Vosotras, al patio!” Cotillas y amigas de habladurías, eso tan degradante e insoportable, era la consideración que le merecían a su madre las cinco muchachas. Sobre aquellas jóvenes mujeres ventaneras estaba a punto de caer una sentencia inapelable: “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas”. El espacio público queda vedado para las hijas de Bernarda. Al concluir la obra ella les ordena ¡silencio!, pero en esta función dirigida por Alfredo Sanzol, me recuerda oportunamente Beatriz, lo hace musitando y con la cabeza baja, asumiendo que fue su actitud intransigente la que provocó que lo que ya era un insufrible drama de mujeres en los pueblos de España, acabara en una tragedia a la altura de Sófocles.
La segunda vez ocurrió en la primavera de este año cuando pudimos ver en el Centro Galego de Arte Contemporáneo (CGAC) de Santiago de Compostela la exposición de la artista viguesa Mar Caldas MULLERES, TRABALLO E MEMORIA, de la que ya hemos escrito en su momento. Entre las obras expuestas nos viene muy a mano la Guía postal de Lugo (1936-1976), reinterpretación de un cuadro homónimo de Maruja Mallo que por cierto se expone en estos momentos en el Reina Sofía. En ella, a una serie de fotografías en blanco y negro dispuestas ortogonalmente de mujeres trabajando se superponen en lineas horizontales, como barrotes de la reja de una celda, un buen número de dichos del refranero popular que, por su machismo feroz, bien podrían salir de la lengua afilada de Bernarda Alba. No desentonarían en su lenguaje imperativo algunas de esas frases, pronunciadas con el indisimulado objetivo de la humillación y el escarnio, seleccionadas por Mar Caldas: “A muller ventaneira busca quen barata a queira”, “Muller ventaneira, puta ou paroleira”. Y a pesar de todo, las mujeres ya antes de la guerra en España habían comenzado a saltar los muros del patio en el que habían estado confinadas. Lo que han contemplado a través de la ventana les ha servido de acicate para salir a la conquista de nuevas parcelas en el mundo exterior y se han incorporado a la calle, a las aulas, a las fábricas y talleres, a los hospitales.
Sirvan estos tres ejemplos para ilustrar cómo los cambios semánticos obedecen a veces, así ocurre en este caso, a transformaciones sociales profundas
Y ya por último se me presentaron estas mujeres en el ensayo de Carmen Martín Gaite Desde la ventana que encontré en una librería de viejo y que me parece el libro ideal para celebrar el centenario del nacimiento de esta escritora a la que ya debemos considerar salmantina-ourensana, ¿verdad David? En este caso la autora indaga sobre el proceso de incorporación de las mujeres a la escritura, que en España tuvo lugar de manera rotunda con la generación del medio siglo en la que ella descolló, y analiza la peculiar manera que tienen las mujeres de acercarse a la realidad y recrearla en obras literarias de calidad. En este punto cobra relevancia la figura de la ventana y de la mujer ventanera. Escribe la autora: “Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. En todos los claustros, cocinas, estrados y gabinetes de la literatura universal donde viven mujeres existe una ventana fundamental para la narración, de la misma manera que la suele haber en los cuartos inhóspitos del hotel que pintó Edward Hopper y en las estancias embaldosadas de blanco y negro de los cuadros flamencos”.
Nosotros nos paramos aquí un momento para comentar la alusión que hace a los cuadros holandeses del siglo XVII. En el año 2003 tuvo lugar en el museo del Prado la exposición “Vermeer y el interior holandés”. Carmiña no vivió lo suficiente para poder visitarla, pero seguro que le habría encantado. Y entre todas las obras habría preferido sin duda Mujer con aguamanil, una mujer ventanera que deja todo lo que está haciendo, entreabre la ventana y mira hacia afuera. Fue el profesor Valeriano Bozal quien mejor escribió sobre este cuadro, uno de los más herméticos del pintor de Delft: “La actitud de la mujer que coge la jarra es por completo cotidiana, pero no disponemos de elementos suficientes para determinar con claridad la intención del ademán: ¿deposita la jarra en la jofaina del aguamanil y aprovecha para echar una ojeada por la ventana, mira la ventana, la cierra, la abre, va a utilizar la jarra para regar unas plantas en el alféizar que no vemos...? Cualquiera de estas explicaciones es plausible, ninguna manifiesta”. Entonces, qué es lo que ocurre en esta tela llena de ambigüedad y misterio. Lo que realmente ocurre es que la muchacha ventanera se ha fugado mentalmente de aquel interior holandés y lo ha hecho a través de la ventana que parece abrir con su mano derecha: “Basta con eso para que se produzca a veces el prodigio: la mujer que leía una carta o que estaba guisando o hablando con una amiga mira de soslayo hacia los cristales, levanta una persiana o un visillo, y de sus ojos entumecidos empiezan a salir enloquecidos, rumbo al horizonte, pájaros en bandada que ningún ornitólogo podrá clasificar, cazar ningún arquero ni acariciar ningún enamorado y que levantan vuelo hacia el reino inconcreto del que solo se sabe que está lejos, que no lo ha visto nadie y que acoge a todos los pájaros ateridos y audaces, brindándoles terreno para que hagan su nido en él unos instantes”. Hay que leer completo este apéndice del libro, que es un homenaje a su madre María Gaite Veloso, natural de Piñor (Ourense), joven ventanera que enseñó a su hija a mirar por la ventana y a fugarse a través de ella.
Sirvan estos tres ejemplos para ilustrar cómo los cambios semánticos obedecen a veces, así ocurre en este caso, a transformaciones sociales profundas. El adjetivo “ventanera” no dice lo mismo en boca de Bernarda Alba que en la de Carmen Martín Gaite. Podrán añorar algunos y algunas el atávico mundo de la primera, pero harán mal en olvidar que sobre todo desde los años de la Gran Guerra las mujeres han abierto las ventanas de par en par y han salido del espacio doméstico para explorar mundos que hasta ese momento les habían estado vedados. Y de esa manera han protagonizado la gran revolución del siglo XX: la incorporación de la mujer al espacio público. Siguiendo la pauta marcada por las sufragistas, las artistas de vanguardia, las escritoras y por otras muchas de manera anónima en espacios más reducidos, han decidido emprender la fuga hacia “confines ignotos”. Son curiosas y valientes, son mujeres ventaneras.
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