Fernando Jáuregui
TRIBUNA
La cesada
LEER ES UN PLACER
Pocas carreras literarias y vitales han sufrido un derrumbe tan estrepitoso como la de Oscar Wilde. Es la primavera de 1895 en Londres, y fuera de las tormentas sentimentales que agitan sus días, nada parece prefigurar la catástrofe que se avecina.
Wilde lee en los periódicos que la casa de William Heinemann acaba de imprimir “La máquina del tiempo” de H. G. Wells; que al otro lado del Canal de la Mancha los hermanos Lumière corrigen los últimos desperfectos técnicos de su cinematógrafo, y que en la lejana Cuba, ha estallado una insurrección contra España que ya se ha cobrado varios centenares de muertos.
Wilde está en el momento más alto de su carrera: en los teatros del West End arrasan “Un marido ideal” y “La importancia de llamarse Ernesto”. El autor de “El retrato de Dorian Gray” está casado, tiene dos hijos e incluso un amante: lord Alfred Douglas, un jovencito caprichoso y egoísta dispuesto a todo con tal de satisfacer su narcisismo de manual. Wilde no está preparado para renunciar a esa “infausta y lamentabilísima amistad”, a pesar de los escándalos y los gastos exagerados en viajes, cenas y hoteles de lujo.
La epístola retrata a un hombre que ha transitado desde la soberbia irónica del triunfador hasta la humildad forzosa de un ser destruido
El noveno marqués de Queensberry, padre de su amante, acaba de acusarlo de sodomita, y Wilde, instigado por el tiernísimo y pérfido “Bosie” interpone una querella por difamación criminal contra él. De pronto, el nombre del escritor más famoso en Londres se convierte en la comidilla, tanto de los banquetes aristocráticos como en objeto de bromas en los gremios de cocheros y deshollinadores.
No tarda en celebrarse un juicio por “ultraje a la decencia” en la corte de Old Baily. Las pruebas redondean una imagen del artista hundido en la depravación y el vicio: acuden al estrado camareros y trabajadores del mundo fabril para atestiguar sus relaciones íntimas con Wilde a cambio de dinero. El escritor es sentenciado a una pena de dos años de trabajos forzados.
Todo esto queda minuciosamente explicado entre líneas en “De profundis”, la larga carta que Oscar Wilde escribió a su amante entre enero y marzo de 1897 desde su celda en la prisión de Reading. La epístola retrata a un hombre que ha transitado desde la soberbia irónica del triunfador hasta la humildad forzosa de un ser destruido por donde quiera que se le mire; pero es también un tratado sobre el amor y la belleza que reflexiona sobre un aspecto que nos atañe a todos: la importancia de identificar a tiempo esas relaciones tóxicas que atentan contra nuestra dignidad, convirtiéndonos en peleles de otros que a su vez lo son.
En “De profundis”, Wilde rehuye, tanto de arrepentimientos como de bálsamos autocompasivos. Es un hombre que ha tenido la honestidad total de contemplarse a sí mismo con sus glorias y miserias. ¿Seremos nosotros capaces de semejante introspección? “De profundis”, ese necesario ajuste de cuentas, podría conducirnos hacia el camino de esa respuesta.
Oscar Wilde (Irlanda,1854- Francia, 1900), deslumbró prematuramente por su mordaz ingenio. Autor del clásico “El retrato de Dorian Gray” y la comedia “La importancia de llamarse Ernesto”. Su carrera literaria quedó eplipsada por un escádanlo que hoy no lo sería.
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