Antonio Santomé
Pobres inspectores “escupidos”
Cuando en 1711 la reina Ana de Inglaterra inauguró el hipódromo de Ascot no imaginó que aquel punto geográfico del condado de Berkshire iba a convertirse en la quintaesencia de lo británico, combinación perfecta de tradición, realeza y extravagancia. Y eso es lo que ha ocurrido a lo largo de sus 309 años de historia.
Están en juego más de 7 millones de euros en premios, asisten jeques, aristócratas, la flor y la nata de la sociedad británica y por supuesto, los Windsor.
Proliferan helicópteros y cientos de limusinas durante los cinco días en los que se disputan 30 carreras con los mejores caballos del planeta.
Y en medio de este torbellino, se consumen 54.000 botellas de champán y 50.000 tazas de té.
Todo ello con una protagonista imprescindible: la reina Isabel II, que acudió desde 1945, enfundada en sus impecables y totalmente equilibrados conjuntos siempre estuvo dispuesta a ser la contrapartida a los looks más modernos y vanguardistas que se paseaban por los escenarios de Ascot.
Era ella la que cada día, desde su residencia, el castillo de Windsor (a seis kilómetros de Ascot), entraba en el recinto en una calesa tirada por caballos junto a su marido, el Duque de Edimburgo, y algún miembro de la Familia Real para inaugurar la jornada hípica –y épica– que comienza a las 14.30 horas.
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