Necesitamos un cuarto bloque geopolítico

Publicado: 16 ene 2026 - 04:10
Opinión en La Región.

Circula en redes un mapamundi dividido en tres zonas. A China le tocaría el Extremo Oriente, el Sudeste Asiático y quizá India, y toda África al Sur del Sahel. Rusia se quedaría con Eurasia, Oriente Medio y el Norte de África. Estados Unidos, con todo el continente americano. Australia, Nueva Zelanda y el Pacífico podrían acabar en el bloque americano o en el chino. India sería objeto de fricción entre los bloques de Moscú y Beijing. Lo inquietante no es el meme sino que Trump parece decidido a convertir esa fantasía en doctrina. Ya se habla de “doctrina Donroe” parafraseando a la Monroe. Cree más viable un equilibrio entre tres grandes que el sistema multilateral de contrapesos y pactos, que prefiere desguazar. No es estrategia refinada, es tosco instinto: desprecia lo global, es hostil a las normas (ya ha dicho que su propia moralidad es su único límite), y le obsesiona la fuerza, el único lenguaje que entiende. Así, nos encamina a todos hacia un mundo de bloques bajo tres hegemones con poder incuestionable en sus zonas.

Europa, en ese esquema, le estorba. Le estoba nuestro pluralismo ideológico, los derechos individuales y la cultura social y política que irradian los consensos de la Europa de hoy. Al MAGA le irrita nuestra normalidad liberal, que dificulta su anhelado retroceso al paradigma cultural preilustrado. Y a Trump le incomodamos, además, por razones más prosaicas: Europa le parece un socio “caro” que le parasita, y un aliado con ínfulas de autonomía que no se deja mandar como un simple protectorado o como el régimen bajo amenaza que regenta Delcy Rodríguez. Por eso desprecia la OTAN y prefiere acercarse a Moscú en nombre del “realismo”. Lo que Trump dice entre líneas a Putin es “toda Europa para ti, pero no me toques mi hemisferio”. Es una nueva Yalta, peor aún que la primera. Es el regreso a la idea salvaje de que los países se negocian como fincas rústicas.

La paradoja dolorosa consiste en poner en cuarentena al socio fundador para salvar la alianza, porque la alternativa es aún peor: resignarnos a ir aprendiendo ruso.

En esa misma clave encaja la fijación de Trump con Groenlandia y Canadá. Él insiste en que “necesita” poseer Groenlandia y ha llegado a presentar su soberanía como algo “psicológicamente” imprescindible frente a Rusia o China. Pero la amenaza rusa en el Ártico es un argumento débil: no hay escenario creíble de ocupación terrestre sobre Groenlandia, y los misiles van por encima, en cuestión de minutos. En realidad esto va de un gran territorio en deshielo, rutas marítimas, tierras raras e incluso acuíferos. Y Groenlandia serviría sobre todo para rodear y coaccionar a Canadá, un país que Trump también desprecia y busca absorber. Groenlandia es parte del Reino de Dinamarca, país OTAN. Cualquier agresión dispara la cláusula de defensa colectiva. Incluso la Unión Europea tiene una cláusula similar. Trump lo sabe, y no busca principalmente la isla en sí, sino romper la OTAN, debilitar y dividir a Europa, y acosar a Canadá.

En este contexto, federalizar la UE ya no es una simple opción a largo plazo, sino una necesidad imperiosa. Europa tiene el peso industrial y el capital humano para ser un actor estratégico independiente: en torno a una sexta parte de la economía mundial. Pero carecemos de la voz única y del músculo coordinado que exige este auge de la fuerza bruta como criterio (“might is right”). El tiempo corre. O hacemos en meses lo que no hemos hecho en décadas, o los europeos nos enfrentaremos a la peor combinación imaginable: Washington empujando desde el oeste y Moscú tirando desde el este, mientras cada cancillería europea exhibe su fragilidad por separado. De ahí que empiece a sonar una idea radical pero quizá inevitable: una OTAN sin Estados Unidos mientras ese país esté gobernado por esta administración enemiga, radicalizada y forajida. La paradoja dolorosa consiste en poner en cuarentena al socio fundador para salvar la alianza, porque la alternativa es aún peor: resignarnos a ir aprendiendo ruso. Esta reconfiguración euroatlántica tendría una segunda derivada inevitable: admitir a Ucrania. Kyiv ha demostrado la determinación existencial que a Europa le ha faltado durante décadas. Y Europa, aunque no tenga el arsenal nuclear estadounidense, no está indefensa: Francia y el Reino Unido suman un disuasivo nuclear significativo, y ya han avanzado en fórmulas de coordinación. Con eso, más nuestra capacidad económica y nuestra boyante industria de defensa, podemos construir una alianza de democracias liberales que atraiga a Canadá, a Australia y a las democracias de Extremo Oriente (Japón, Corea del Sur, Taiwán) que temen caer bajo la espantosa tutela china o rusa.

Si Trump se empeña en la dinámica de tres bloques, nuestra respuesta no puede ser resignarnos, sino dar un puñetazo en la mesa y construir un cuarto: un bloque occidental global, explícitamente liberal, con cabeza y valores europeos, capaz de resistir a Moscú y de competir con Beijing, y capaz también de esperar a que los Estados Unidos vuelvan a la normalidad cuando se desinfle la secta MAGA. Guardemos para Washington el asiento vacío que hoy no merece ocupar por haber colocado al enemigo en la Casa Dorada (antes Blanca). Pero hay que hacerlo ya. Mañana es tarde.

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