Manuel Orío
RECORTES
La catástrofe andaluza
Hay lugares que no se explican, se sienten. Lugares que no se recorren con los pies, sino con la memoria. Para mí, Ourense no es solo una ciudad: es el hilo invisible que une mi pasado con todo lo que soy hoy.
Nací entre sus calles, crecí bajo la sombra de sus piedras y aprendí a mirar el mundo desde sus puentes. Aquí nacieron también dos de mis hijas, como si la vida hubiera querido cerrar un círculo perfecto, como si todo lo importante tuviera que empezar -y de algún modo permanecer- en el mismo lugar.
He caminado muchas veces hacia la Catedral de Ourense, no solo como quien visita un monumento, sino como quien regresa a un refugio. He sentido el recogimiento ante nuestro Cristo de Ourense, con esa mezcla de respeto y cercanía que solo se tiene hacia lo que forma parte de uno mismo. Y aún hoy, al recordar la iglesia de Santo Domingo, vuelvo a ser aquel niño que miraba el mundo con asombro, sin saber todavía todo lo que vendría después.
El Parque de San Lázaro sigue siendo, en mi memoria, un lugar de encuentros sencillos y verdades profundas: horas de pandilla, conversaciones sin prisa, risas compartidas, silencios que no incomodan. Porque hay ciudades que no solo se viven, sino que se quedan a vivir dentro de uno.
Pero Ourense no termina en sus calles. Se abre, generosa, a toda una provincia que es casi un secreto bien guardado. Una tierra de contrastes, de montañas y valles, de ríos que dibujan la historia y de pueblos donde el tiempo parece detenerse. La Provincia de Ourense es una lección de autenticidad: aquí todo es más sereno, más verdadero, más esencial.
Y si hay un lugar donde esa esencia se hace belleza pura es la Ribeira Sacra. Allí, donde el Sil y el Miño se abren paso entre cañones profundos, la naturaleza y el trabajo del hombre han creado un paisaje que emociona en silencio. Las viñas colgadas en pendientes imposibles, los monasterios escondidos entre la vegetación, la luz cambiando a cada hora… Todo invita a detenerse y mirar despacio.
Es un paisaje que no necesita palabras, pero que, una vez visto, ya no se olvida. Como ocurre con todo lo que nace de lo auténtico.
Quizá por eso, con el paso de los años, sentí la necesidad de hablar de mi ciudad y de su tierra. De contarla. De prestarle mi voz para que otros pudieran verla como yo la veo. Y así, casi sin darme cuenta, fui sembrando en mis compañeros -aquellos con los que compartí juventud y sueños- la curiosidad por descubrirla.
Hoy, casi cincuenta años después de haber terminado nuestros estudios universitarios, he tenido el privilegio de reunir a casi medio centenar de ellos: empresarios y profesionales de todas las ramas del Derecho que han recorrido caminos distintos, pero que conservan intacta la capacidad de emocionarse.
Hoy están en Ourense. Han venido a verla, sí, pero también -aunque quizá no lo sepan del todo- han venido a sentirla. Y eso cambia cualquier viaje.
Y yo los he acompañado con la ilusión de quien comparte un tesoro. Les he mostrado sus rincones, sus piedras, su luz. Pero, sobre todo, les he mostrado mi Ourense: el que no aparece en las guías, el que se construye con recuerdos, con afectos, con pequeñas historias que solo el tiempo sabe guardar. Y también esa provincia que la rodea, que la ensancha y la explica, donde cada curva del camino ofrece un motivo para detenerse.
No sé si he logrado que la vean como yo la veo. Tal vez eso sea imposible. Cada mirada es única, cada emoción tiene su propio lenguaje. Pero sí sé algo: durante estos días, mi ciudad y su tierra han vuelto a latir con una fuerza especial. Como si reconocieran en cada paso, en cada conversación, el eco de una vida compartida.
Dicen que nadie es profeta en su tierra. Yo no lo sé. Lo que sí sé es que amar un lugar y conseguir que otros lo miren con nuevos ojos es, quizá, una forma humilde y hermosa de serlo.
Y si al marcharse, alguno de ellos lleva consigo un pedazo de Ourense y de su provincia -aunque sea pequeño, aunque sea apenas un recuerdo-, entonces todo habrá merecido la pena.
Porque hay ciudades que se visitan. Y hay tierras, como la mía, que se quedan para siempre.
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