José Antonio Constenla
La tiranía del tuteo
Hay una epidemia silenciosa que no aparece en los telediarios ni preocupa a los ministerios, pero que a mí me cabrea bastante: el tuteo obligatorio y esa manía contemporánea de llamar “chicos” a quienes ya consultan más el reumatólogo que el calendario de festivales. Da igual que uno se dirija a un jubilado con bastón ortopédico, que ya no compra crema solar, sino antiinflatorios, o a una señora que combatió tres crisis económicas, dos guerras domésticas y una prótesis de cadera.
No ayuda que ahora las cafeterías modernas son lugares con mesas de madera reciclada, bombillas desnudas colgando del techo y cartas escrita en pizarras, donde ya no se sirve café con leche, sino “flat white”, “cold brew” o capuchino con leche de avena ecológica y espuma. Suena jazz escandinavo de fondo, las tartas llevan semillas y el cacao peruano tiene origen ético.
Recuerdo una escena reveladora en uno de esos restaurantes en Madrid. El camarero, bigote minimalista, zapatillas fosforescentes y fervor artesanal por el vermú ecológico, se acercó a una pareja de octogenarios elegantemente vestidos y les suelta: “¿Qué os pongo, jóvenes?”. El hombre, que probablemente había leído a Delibes cuando el camarero aún no existía ni como proyecto biológico, levantó la vista lentamente y respondió: “A mí, respeto. Y a ella, si quedan, unas almejas”. Hubo un silencio de funeral vikingo.
La modernidad parece que ha decretado que nadie envejece, nadie merece distancia y nadie debe sentirse tratado con solemnidad. Todo es proximidad de saldo. El camarero quiere ser tu colega, el dependiente tu coach emocional y el operador telefónico tu compañero de Erasmus. Uno llama para reclamar una factura errónea y escucha enseguida: “A ver, dime en que te puedo ayudar”. Como si hubiésemos compartido litera en el servicio militar.
El “usted” nunca fue una muralla. Era un delicado mecanismo de respeto mutuo, una forma de reconocer que el otro posee una dignidad independiente de nuestra simpatía instantánea. El tuteo auténtico se conquistaba. Surgía después de las conversaciones, las confidencias, los afectos o las horas compartidas. Ahora no.
La literatura entendía mejor estas cosas. En El hombre rebelde, Albert Camus advertía que una sociedad excesivamente obsesionada con abolir las distancias acaba destruyendo también las formas del respeto. Y Josep Pla, que sabía mirar a las personas como quien examina un vino viejo, desconfiaba profundamente de las familiaridades prematuras. Las civilizaciones no se distinguen solo por sus catedrales o sus constituciones, sino también por la manera en que un desconocido se dirige a otro.
Naturalmente, no se trata de regresar al almidón social de los años cincuenta ni de exigir reverencias dieciochescas para pedir un café con leche. El problema no es el tuteo, es su imposición universal, esa obligación de fingir una confianza inexistente.
Y así seguimos, avanzando hacia una sociedad donde un estudiante llama “bro” a su profesor, la fisioterapeuta te despide con un “cuídate mucho, guapo” y una aplicación bancaria te felicita el cumpleaños con emojis. Todo muy cálido, muy cercano y muy moderno. Tan moderno que quizá el último gesto verdaderamente revolucionario consista en mirar al camarero y decirle, con exquisita serenidad: “Gracias, ha sido usted muy amable”.
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