No basta con saber colocarse

Publicado: 15 sep 2026 - 03:10
Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

Hay una nueva especie política que merece ser estudiada por la ciencia: el político invisible en el trabajo y omnipresente en la fotografía. No se sabe muy bien qué hace, pero aparece en todas partes: inauguraciones, congresos, mítines, reuniones, visitas institucionales, comidas de partido, actos culturales, entregas de premios y hasta en fotografías en las que nadie recuerda haberlo invitado. Pero allí está. Siempre está. Y, sobre todo, siempre está al lado del líder.

Porque algunos han descubierto que la política moderna no consiste tanto en hacer cosas como en conseguir que parezca que uno las está haciendo. Y para eso no hay herramienta más eficaz que una cámara y una buena posición en el encuadre. El secreto está en colocarse: no demasiado delante, porque eso podría molestar al jefe; no demasiado detrás, porque entonces la fotografía podría demostrar que uno no es importante. Lo ideal es ese punto mágico en el que el líder aparece claramente como líder y el subordinado suficientemente cerca como para que cualquiera pueda pensar: “Este debe de ser alguien importante”. La política convertida en geometría de proximidad.

Hay auténticos especialistas. Detectan una cámara a cincuenta metros con la precisión de un águila. Pueden estar conversando tranquilamente, pero en cuanto aparece un fotógrafo sufren una transformación instantánea: espalda recta, sonrisa institucional, mirada al infinito y desplazamiento táctico hacia la autoridad. No importa que durante el resto del acto hayan permanecido mudos. La foto hablará por ellos.

Y después llegan las redes sociales, ese maravilloso invento que permite convertir cinco minutos de presencia física en veinticuatro horas de presencia digital. “Hoy acompañando al presidente”. “Seguimos trabajando”. “Comprometidos con nuestra ciudad”. “Una jornada intensa”. “Siempre cerca de nuestros vecinos”. ¿Trabajando en qué? Silencio administrativo. Porque cuando uno intenta descubrir cuál ha sido su actividad parlamentaria, qué iniciativas ha presentado, qué problemas ha resuelto, qué propuestas ha defendido o qué control ha ejercido sobre el Gobierno, aparece una realidad desconcertante: la actividad política de algunos parece haber sido declarada información clasificada. Quizá exista. Quizá incluso sea extraordinaria. Pero nadie la ha visto.

El ciudadano sabe que estuvo en la foto. Eso sí. Lo que no sabe es qué hizo antes de ponerse delante del fotógrafo ni qué hizo después de abandonar el encuadre. Y no es una cuestión menor. Un parlamentario no es contratado para hacer bulto detrás del líder. Un concejal no es elegido para completar la decoración de un acto institucional. Un diputado no recibe un sueldo público para convertirse en figurante de una película cuyo protagonista siempre es otro. La democracia tiene la desagradable costumbre de exigir resultados. Y los resultados, por desgracia para los profesionales de la fotografía política, no siempre tienen buena iluminación.

Han convertido la visibilidad en una profesión y la cercanía al poder en un mérito curricular. Su currículum político podría resumirse en una colección de fotografías

Por eso algunos han desarrollado una estrategia admirable: si no puedes demostrar que has hecho algo, demuestra que estabas allí cuando alguien hizo algo. El líder inaugura: ellos inauguran con él. El líder anuncia: ellos anuncian que estuvieron cuando el líder anunció. El líder visita una fábrica: ellos visitan la fábrica donde el líder visitó la fábrica. El líder se reúne con los vecinos: ellos se reúnen con los vecinos que se reunieron con el líder. Y así sucesivamente. Al final, uno no sabe si estamos ante representantes públicos o ante extras profesionales de la política.

Lo verdaderamente sorprendente es que algunos consiguen ser perfectamente conocidos y absolutamente desconocidos al mismo tiempo. Todo el mundo reconoce su cara, pero casi nadie puede explicar qué han hecho. Son famosos por estar, no por hacer. Han convertido la visibilidad en una profesión y la cercanía al poder en un mérito curricular. Su currículum político podría resumirse en una colección de fotografías: con el presidente, con el ministro, con el secretario general, con el candidato y, naturalmente, con todos ellos a ser posible en la misma instantánea.

Pero gobernar, legislar y representar exige algo bastante más incómodo que sonreír junto al jefe. Exige criterio, trabajo, iniciativa, capacidad para discrepar alguna vez y, sobre todo, dar la cara cuando las cosas vienen mal dadas. Porque llegará un día en que alguien formule una pregunta muy sencilla: “¿Y este señor o señora qué hizo?”. Si la única respuesta disponible es enseñar el álbum de fotografías, quizá estemos ante un magnífico profesional de la imagen política, pero probablemente nos sobre un parlamentario.

La política no debería consistir en conseguir que te vean. Debería consistir en conseguir que, cuando te vean, tengan algo que recordar. Y eso, por mucho que algunos se empeñen, no se consigue posando al lado del jefe. Se consigue trabajando. Porque una fotografía demuestra que estuviste allí pero solo los hechos demuestran que serviste para algo.

Contenido patrocinado

stats