No hay lealtad en el cambio

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Publicado: 08 ago 2026 - 07:10
La Región

Es casi un acto de deslealtad. Una ingratitud. Un complot involuntario que viene incluido en la obligación del cambio. Un cambio conlleva otras muchas transformaciones pequeñas, alteraciones detectables en daños colaterales.

Como cuando te nacen los primeros pelos en el sobaco. La responsabilidad de escoger un desodorante, usarlo y mantener un olor agradable y una higiene regular en un lugar con acceso complejo. Olor a vestuario. Olor a dignidad.

Sucede cuando te mudas. Que la lealtad suele quedarse por el camino. Que tienes que tejer de nuevo una red vecinal. Moldear otra vez la identidad.

Cambias de bar. Dejas de ver a la Inés cada día sentada en la terraza del Bali fumando el cigarrillo de las nueve de la mañana a dos grados. Que si no muero del tabaco muero del frío y se ríe para dentro. Y se agacha y se le ve nítida la ranura de donde termina la espalda y empieza el culo. Y el café del Tomi´s deja de ser amable como de verdad te gusta para ser hostil. En otro sitio, con otro nombre, con mejor luz, con peor precio.

Y echas de menos a los loquitos de tu antiguo barrio. Que en el nuevo también los hay. Pero los de antes eran tus loquitos

Y al mes de haber cambiado de barrio te ha crecido el pelo tanto que desearías bajar sin cita previa a la Newman, y la Ana te haga un hueco entre cotilleos y leyendas urbanas varias. Ahora tienes que pedirle cita a un extraño. Y te sientas, y el silencio contiguo porque no quieres volver a hablar con un desconocido. No quieres volver a empezar. Qué manía con tener que volver a empezar.

Los sábados no te guardan el periódico en la librería y piensas en Elena, en como apartaba siempre un ejemplar que nunca sabía cuándo le ibas a pagar. Piensas en qué narices significará Maelka. Piensas en que la panadera del Punto Negro ya nunca te va a decir graciashastaluegochao cada día como si no te conociese de nada a pesar de que llevas doce años comprando allí el pan. El croissant. Que en la de ahora ni te miran al entrar. Te preguntas si el Antón seguirá yendo a pilates antes de empezar a tatuar, si cerrará la cortina porque a fulanito no le gusta que lo miren desde fuera. Y lo saludas y le prometes que volverás en un último acto de lealtad imposible de cumplir. Que nunca cumplirás.

Y echas de menos a los loquitos de tu antiguo barrio. Que en el nuevo también los hay. Pero los de antes eran tus loquitos. El que se cortaba el pelo como Zidane y siempre olía mal. El del cuarto piso que gritaba por las noches DÉJAME SER IMBÉCIL. El que se hacía el cojo para dar lástima, pero viste salir corriendo porque se metió con quien no se debía meter. Que los de ahora cantan canciones modernas. Llevan teléfonos caros y camisetas de Prada.

En tu antiguo barrio cerró la carnicería, el taller, la floristería, y parece que el Juan y el Servando se hayan ido lejos, muy al sur. Muy allá. Como tú, que es probable no vayas a volver jamás.

No hay lealtad en el cambio de barrio.

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