Los ojos prestados

SENDA 0011

Publicado: 27 sep 2026 - 03:50
Opinión de Jorge Vázquez
Opinión de Jorge Vázquez

Hace hoy justo una semana yo estaba en una comida de cumpleaños de mi cuñada, con mis hijos alrededor y la sobremesa alargándose como se alargan siempre. A esa misma hora, unos amigos míos de México estaban en el Metropolitano viendo el derbi. Ganó el Atlético dos a uno. Me mandaron una foto desde la grada con una felicidad que a mí no se me pone viendo un partido, y me hizo gracia la escena de los dos: ellos habían cruzado un océano para ver lo que aquí es una tarde de domingo, y yo estaba haciendo lo que a ellos les habría parecido el viaje.

Al día siguiente cogieron el autobús a Galicia y les tocó un día limpio, de los que aquí no damos por descontados. Y aun así me sorprendí avisando de que normalmente llueve, como si hiciera falta justificarse. Uno de ellos me miró raro y dijo que llevaba meses sin ver tanto verde junto. Así empezó una semana en la que miré mi tierra más que en todo el año.

No hay nada que le obligue a uno a fijarse como tener que explicarle a alguien lo que hace todos los días. Uno cree que conoce el sitio donde vive porque lleva media vida en él, y de pronto le preguntan por qué en Ourense, que está a cien kilómetros del mar, el pulpo es el plato de las fiestas. Empiezas a contestar, dices algo de los arrieros y de las ferias, y a mitad de la frase te das cuenta de que nunca lo habías preguntado. Te sabías el plato. No te sabías la historia.

Lo que asombra a los que vienen tampoco suele ser lo que uno tenía preparado para asombrar. Yo había pensado en los miradores y en los bancales del Sil. Y lo que les desmontó fue que a la una y media un pueblo entero esté sentado a la mesa sin haber quedado, que la sobremesa aquí tenga nombre propio, y que se pueda ir de la montaña al océano y volver en el mismo día. Uno me dijo, muy serio, que en su país esa distancia es ir a hacer un recado.

Lo poco que nos gusta que nos digan qué hacer. Y la manía gallega de quitarle importancia a todo, que unas veces es elegancia y otras es una forma educada de no defender lo que uno tiene.

Y después está lo que uno no sabe explicar. Por qué el caldo aparece en cualquier casa a cualquier hora. Por qué decimos que va a escampar mientras está diluviando. Son cosas que no se aprenden, se heredan, y las descubres el día que alguien de fuera se para en ellas. Hubo una conversación que no esperaba. Me contaron que allí, durante años, a cualquier español se le llamaba gallego, viniese de donde viniese. Aquí eso lo sabemos de oídas. Escucharlo contado desde el otro lado, por gente que creció con esa palabra en casa, es otra cosa distinta.

El mejor rato de la semana fue en Muxía, con el mar levantado y viento de frente. Allí no dijo nadie nada durante un buen rato, que es la mejor señal que puede dar un grupo de ocho personas. Yo he estado en esas piedras muchas veces y siempre voy con prisa. Esta vez me quedé quieto porque se quedaron ellos.

No quiero contar esto como una postal. La tentación cuando viene alguien de lejos es hacer de guía y montarle el itinerario perfecto, media hora aquí y otra media allá. Casi siempre sale mal. La gente no se lleva el mirador, se lleva la mesa larga y la conversación de después. Quité paradas del plan varias veces, y las mejores horas fueron las que no estaban programadas.

Y conviene decir lo otro, porque el orgullo fácil me da cierta vergüenza ajena. La tierra de uno no es mejor por ser de uno. Estos días vi por sus ojos algunas cosas nuestras que lucen menos. El horario que nos parece normal y a ellos les descoloca. Lo poco que nos gusta que nos digan qué hacer. Y la manía gallega de quitarle importancia a todo, que unas veces es elegancia y otras es una forma educada de no defender lo que uno tiene.

Hoy, mientras usted lee esto, ya están en casa. Acabaron con un cocido y una cata de vinos de aquí, y el viernes cogieron el avión. Lo que me llevo yo no es su viaje, es haber vuelto a mirar. Conduje por carreteras que hago cada mes y vi cosas que no veía desde hacía años, sólo porque iba alguien al lado preguntando.

Si un día de estos viene alguien a verle desde lejos, quítele dos paradas al plan y póngale una comida larga. Y déjele preguntar, sobre todo lo que usted no sepa contestar. Esas preguntas son las buenas.

Uno no conoce del todo su casa hasta que se la tiene que explicar a alguien.

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