José Ángel Vázquez Barquero
Universidad, innovación y aprovechamiento de los recursos termales
Ayer, con motivo de la festividad de la Virgen del Pilar, la Guardia Civil volvió a celebrar en Ourense su día grande. Además de los uniformes de gala y de la solemnidad de los actos, la fecha invita a valorar el compromiso de miles de hombres y mujeres que hacen de la seguridad de los demás su forma de vida.
La Guardia Civil en nuestra provincia es sinónimo de proximidad. De carreteras secundarias, de aldeas dispersas, de vecinos que viven solos y de municipios en los que el cuartel representa mucho más que una dependencia oficial. Una patrulla puede dar tranquilidad a una persona mayor, ayudar ante una emergencia o prevenir con su presencia una riña en el rural.
La imagen de la Benemérita ha sabido evolucionar con la sociedad. Sin renunciar a su historia ni a sus valores, ha reforzado un servicio público basado en la cercanía, la profesionalidad y el respeto. Hoy su autoridad no descansa únicamente en el uniforme, sino también en la confianza que logra despertar cuando escucha, acompaña y resuelve. Ese reconocimiento no se concede: se gana cada día.
Basta repasar sus cometidos para comprender su dimensión. Seguridad ciudadana en el medio rural, vigilancia de nuestras carreteras, investigación de delitos, protección de víctimas de VioGen, búsqueda de personas desaparecidas, lucha contra el narcotráfico, la corrupción, las estafas, respuesta ante cualquier hecho delictivo. Son tareas distintas con algo en común: quien necesita ayuda espera encontrar a un profesional preparado y dispuesto a actuar.
Quienes pertenecemos a la Policía Nacional conocemos bien esa realidad. La cooperación entre ambos cuerpos es vital. Aunque a veces con algún que otro codazo absurdo entre los máximos responsables de las unidades, es notable la colaboración. Se construye en las investigaciones compartidas, en las intervenciones difíciles y en la confianza entre compañeros que saben que el éxito de uno beneficia a todos. Puede haber competencias diferentes, pero no hay rivalidad cuando lo que está en juego es la seguridad de las personas. El ciudadano no nos pide protagonismo; pide soluciones.
La celebración del Pilar también sirve para mirar más allá del reconocimiento público. Agradecer la entrega de los guardias civiles exige interesarse por las condiciones en las que desarrollan su labor. La dispersión territorial que obliga a concentrar puestos, los turnos, la falta de efectivos en determinados destinos o la creciente complejidad de la delincuencia obligan a revisar continuamente los recursos y los medios disponibles.
Ninguna celebración estaría completa sin el recuerdo emocionado de quienes perdieron la vida en acto de servicio. Su memoria nos recuerda el verdadero alcance de las palabras deber y sacrificio.
Y hay una reivindicación que merece seguir en primer plano: el reconocimiento de la singular peligrosidad del trabajo policial y una protección justa en materia de jubilación y derechos profesionales que justamente ha quedado pendiente de culminar con el actual Gobierno, quien da la sensación de haber dilatado, tramposamente, las negociaciones para realizar su propuesta en el ocaso de su mandato. Defender mejores condiciones para los guardias no es pedir privilegios, sino reforzar la calidad del servicio que recibe toda la sociedad. La vocación es admirable, pero nunca puede utilizarse como excusa para aceptar carencias que tienen solución, como el código militar que se aplica al cuerpo hermano y que en los tiempos que corren queda obsoleto.
Ayer destacaron también otros protagonistas discretos: las familias. Detrás de cada guardia civil están quienes conviven con los cambios de destino, las ausencias, las guardias imprevistas y la incertidumbre de algunas intervenciones. También ellas sostienen una parte esencial de este compromiso. Ninguna celebración estaría completa sin el recuerdo emocionado de quienes perdieron la vida en acto de servicio. Su memoria nos recuerda el verdadero alcance de las palabras deber y sacrificio.
En tiempos en los que resulta demasiado sencillo convertir cualquier institución en objeto de confrontación, conviene preservar algo elemental: la Guardia Civil pertenece a toda la ciudadanía. Su servicio no tiene color político y su legitimidad se fortalece precisamente cuando actúa con neutralidad, cercanía y respeto a los derechos de todos. Lo ha demostrado recientemente la UCO. Reconocer su trabajo y exigirle profesionalidad son dos expresiones de una misma confianza democrática.
Que el eco de los actos celebrados ayer en Ourense no se apague al guardarse los uniformes de gala. Que permanezca, sobre todo, en el respeto cotidiano a quienes patrullan nuestros pueblos y carreteras, en la colaboración entre instituciones y en el compromiso de dotarlos de lo que necesitan. Porque servir a la Patria, en su expresión más noble, consiste en cuidar de las personas que la forman.
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