Fernando Lusson
VÍA DE SERVICIO
Costumbres nacionales
El pasado domingo, Paula Antón se hacía eco, en estas mismas páginas, de los contenidos del último “Informe de transferencia” publicado por la Universidad de Vigo y de cómo la creación de empresas pasa por ser una asignatura pendiente del Campus de Ourense, a tenor de la particular dificultad existente a la hora de “transformar su indudable potencial investigador en nuevas iniciativas empresariales”. Un hecho que contrasta poderosamente con la mayor fertilidad emprendedora observada en el Campus de Vigo y que reflejaría, en opinión de Antón, la necesidad de vertebrar un ecosistema que facilite la difusión del conocimiento en un entramado productivo como el ourensano, necesitado de nuevos aportes que contribuyan a la generación de empleo y riqueza. Por supuesto, no seré yo quien contradiga tan razonable punto de vista, so pena de arrepentirme el resto de mi existencia de semejante error de percepción.
No obstante, la reseñada referencia dominical de La Región me remitió de inmediato a otro informe, el relativo al “Rendimiento de la ciencia, la investigación y la innovación”, publicado este mismo octubre por la Comisión Europea, y que ofrece una visión panorámica del comportamiento de Europa en materia de I+D+i, lo cual equivale a decir que analiza los pormenores del principal determinante de nuestro progreso económico colectivo. Como resulta obvio, este segundo documento esquematiza el marco de referencia en el que se desenvuelve la actividad innovadora a nivel territorial en el seno de la Unión y, por tanto, supone un punto de partida útil para comprender la particular situación de Ourense en el devenir de la cuestión. A fin de cuentas, no dejamos de ser parte de un todo, por muy periféricos que nos podamos sentir.
Un proceso que juega a favor de las ciudades más dinámicas que con anterioridad han acumulado saber, infraestructuras avanzadas, universidades, centros de investigación y capital humano, y en las cuales se constata una mayor facilidad para la interacción y el intercambio de ideas e información.
¿Y qué concluye el mencionado informe de la Comisión Europea? Pues, a groso modo, observa que la actividad innovadora tiende a concentrarse espacialmente, generando una notable brecha que dificulta el desarrollo equilibrado de los diferentes territorios de Europa. Un proceso que juega a favor de las ciudades más dinámicas que con anterioridad han acumulado saber, infraestructuras avanzadas, universidades, centros de investigación y capital humano, y en las cuales se constata una mayor facilidad para la interacción y el intercambio de ideas e información. Por tanto, es perceptible un desequilibrio dotacional que incide de forma sustantiva en el devenir empresarial y, en particular, en la evolución de la denominada economía del conocimiento, en la medida en que las ventajas de accesibilidad a servicios especializados, fuentes de financiación y mercados emergentes jugarían a favor de las áreas urbanas de mayor escala a la hora de albergar emprendimientos de base científica y tecnológica.
Pero faltaríamos a la verdad si asumiésemos sin reparo la irremediable bipolaridad de los procesos de desarrollo territorial en Europa. Como se extrae del propio informe de la Comisión, no pocas pequeñas ciudades y áreas rurales albergan en su seno capacidades de innovación complementarias a las observadas en los ámbitos metropolitanos, fundamentadas en ventajas comparativas asociadas a recursos naturales propios (a más inri no deslocalizables en ocasiones), actividades productivas consolidadas o un saber hacer local específico. Un potencial en muchos casos infrautilizado cuya adecuada movilización no solo contribuiría a corregir los desequilibrios espaciales en curso, sino que permitiría mitigar el riesgo de fragmentación e inoperancia de la base de conocimiento de la Unión Europea en su conjunto, al tiempo que dotaría a esta última de una mayor resiliencia y competitividad externa. Aunque pueda resultar grandilocuente decirlo, la exigua capacidad de transferencia de la investigación en materia termal desarrollada en el Campus de Ourense no solo implica el desaprovechamiento del principal de nuestros recursos endógenos, sino que supone un lujo que el resto de Europa no se puede permitir. Lástima que nos cueste tanto creer en nosotros mismos.
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