A pedales, costa adentro, por un paisaje empobrecido por el eucalipto

DEAMBULANDO

Publicado: 07 oct 2026 - 06:10
Opinión en La Región
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Entre más eucaliptos que pinos, mas manzanas que melocotones, más cuestas que llanuras, me entremezclo por los aledaños de esta costa del cantábrico galaico donde tantos valles recoletos te dan la bienvenida en la soledad de su despoblamiento de lugares que llevan nombre de cualquier pueblo, cuando apenas superan una o dos habitables casas que tuvieron aliento de vida del que ahora carecen, el despoblamiento se hace visible por esas carreteras de asfalto dominadas por las hierbas donde solo las roderas asoman un pavimento envejecido. Aldeas abandonadas o más bien deshabitadas porque el abandono deja la propiedad a merced del primero que la ocupe; menos de media docena de casas, otras con capilla incluso. Alguien me dirá que el eucalipto causante de todo…pero habría de estudiarse si el imponente árbol importado de Australia tiene la culpa, aunque la sensación da cuando te metes por valles colonizados por la especie donde ves que ni huertas prosperan. Ante esa masa arbórea que a modo e plaga avanza sin control hasta formar del Eo al Miño una masa forestal predominante, suplantando a las atlánticas especies.

Lo que sorprende y parece exclusivo de estas aldeas es que puedes encontrarte lugares de una sola casa, con anexa cuadra, que eso de tenerla en el bajo de la aldeana casa es historia. Yo me encuentro en mi pedalear lugares como Santar, con otro da Cima y otro de Abajo de una sola casa, o aldeas por triplicado como Toxoso da Cima, do Medio y de Abaixo e incluso un simple Toxoso, de una sola casa. Peculiaridades que no se dan por nuestras aldeas del interior.

Dispuesto a encaramarme con las cuestecillas de una abandonada carretera que de Bravos va a Sisto, paso por las aldeas de Coutado, sin moradores, algunos sobrevivientes fuera de sus lares, como a continuación Cabanas (topónimo harto repetido por acá), Silvoso o Nogueira; de la última, una capilla subsiste, pero sin función, al pie de una via antes concurrida que discurre zigzagueando entre Puente de Betanzos y Sisto sin que te cruces ni con ser humano ni aun animal salvo alguna piante ave, y donde nunca verás una culebra calentándose al asfalto porque de tan menguadas poblaciones, rara reptilia por estas latitudes; cuando paso por Sisto, parroquia con media docena de casas, como en torno a su iglesia, alguna de temporal uso de más que veraneantes, accidentales amantes de la soledad.

Todo por allá, hacia occidente, se precipita al Sor, ese rio de mil meandros que forma en la desembocadura esa peculiar ría tan navegable para deportistas a remo que desde O Barqueiro, cuando encuentra al mar, permite paseos idílicos hasta la ínsula de San Martiño, que monasterio tuvo en el ahora imposible eucaliptal, que la copa enteramente. Va la mar penetrando hasta Ribeiras do Sor, fragmentada aldea con puente, de habitables más que habitadas casas.

Estos paseos costa adentro, hermosos cuando las inmensas fragas lo cubrían, ahora suplantadas por ese rentable eucalipto que empobrecerá los suelos, reducirá las huertas ya muy restringidas por la falta de cultivo, o ese que aportan esporádicos moradores. Despoblamiento, deshabitación, multiplicación de la cabaña de vacuno que ahora de más cabezas cuando antes de una o dos por cabeza de familia. Ver a las pastantes bajo las grandes aspas de estos parques eólicos, estampa habitual sin que ese vacuno en extensivo se espante por el rumor en el girar de las aspas. Los pastos antes compartidos por parroquias ahora de uso por cualquier poseedor de grandes vacadas en ya alambradas praderías

Este Cantábrico costero ha perdido parte de su encanto por la uniformidad de ese bosque invasor capaz de devorarlo todo en su expansión incontenible propiciada por intereses económicos derivados de una pronta rentabilidad a costa de un progresivo empobrecimiento del suelo y sus grandes demandas de agua. La plaga sigue incontenible sostenida por una vacilante política de la Xunta, mientras de meditación a la espera del paso de las migrantes marinas por esta cornisa, la más al norte de la Península, la llamada Estaca de Bares.

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