La piedra en el pozo

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Se encontró con un pozo abandonado en un paisaje que le era extraño. Lanzó una piedra y escuchó atentamente el sonido que hizo al llegar al fondo. Ya tenía lo que necesitaba para convencerse de que conocía bien todo lo relativo a esa cavidad inexplorada. Olvidó que, desde la seguridad de la tierra firme que pisaba, era imposible percibir el suelo resbaladizo y embarrado que estaba a metros de él. No tuvo en cuenta que los rayos de sol de los que disfrutaba impedían que descubriera la oscuridad del abismo. Ignoró que estar a salvo en un terreno lleno de posibilidades para irse sin esfuerzo lo invalidaba para sentir la angustia de la imposibilidad de trepar por las paredes para salir a la superficie.

No se molestó en indagar sobre la procedencia del pozo, materiales que lo sostenían o el contenido que atrapaba. Tampoco se preguntó por qué estaba en aquel lugar preciso, quién lo había construido y para qué servía.

Nadie intentó conocer el pozo. Bastaba el rotundo relato ajeno que evitaba plantearse incómodas preguntas

Aun así predicaba, sin atisbo de dudas, verdades absolutas sobre cómo era estar atrapado allí abajo. Impartía lecciones magistrales, regalando soluciones para salir indemne de un agujero que desconocía. La mayoría acató sus discursos, los hizo suyos y los replicó. Nadie intentó conocer el pozo. Bastaba el rotundo relato ajeno que evitaba plantearse incómodas preguntas. Tanto que no dudaron en señalar con el dedo a cualquiera que lo pusiese en duda. Tampoco les temblaba el pulso ni la voz para acusar e insultar a supervivientes que habían logrado arañar las paredes de piedra y salir malheridos. Nadie quería escucharles. Su relato ensuciaba la pulcritud de la piedra lanzada al fondo, que ni tan siquiera salpicaba barro.

Y así estamos. Dando voz y credibilidad a quien, sin mancharse y sin tan siquiera haber intuido el olor a podredumbre del pozo, grita consignas falsas y enturbia la memoria de los castigados protagonistas. Sean víctimas del terrorismo, de agresiones sexuales, de guerras, de desapariciones forzosas, de torturas o de secuestros. O personas que libremente y en plenas facultades han tomado decisiones sobre su propia vida que no gustan a quienes oyen, de lejos, el sonido de una piedra al caer, sin intentar comprender la propia naturaleza de la sima.

No interesa la verdad. Demasiado esfuerzo y demasiada complejidad. A esos sufridos e involuntarios personajes principales solo interesa ponerles el foco si sirven para protagonizar guiones de cine o montar bochornosos espectáculos televisivos, aun sin su consentimiento. Hay que calmar la sed del morbo al precio que sea. Pero sucede lo contrario, se hace más grande y cuesta más apaciguarla. Por eso van ganando los irresponsables que la fomentan. El resto perdemos la oportunidad de poner medidas para evitar que los pozos sigan tragando personas y sanarlas cuando salgan.

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