Quien planta un souto

SENDA 0011

Opinión de Jorge Vázquez
Opinión de Jorge Vázquez

Hoy es día de Todos los Santos. Estos días media provincia ha pasado por el cementerio de su aldea a limpiar la lápida, cambiar las flores y saludar a vecinos que sólo ve una vez al año. Y a la vuelta, en muchas carreteras de Ourense, el coche pasa junto a un souto con el suelo lleno de ourizos. Pocas veces lo pensamos, pero las castañas que vamos a asar este mes, en casa o en el magosto de San Martiño, salen de árboles que plantó gente cuyo nombre está en esas lápidas.

Un castaño tarda años en dar castañas y bastantes más en darlas bien. Puede vivir siglos. En la Ribeira Sacra, de donde viene mi familia, hay castaños que ya eran viejos cuando nacieron nuestros abuelos. Quien lo planta sabe que lo mejor de ese árbol lo recogerán otros, y lo planta igual. Galicia produce hoy más de la mitad de las castañas de España, y buena parte de ese mérito es de gente que nunca llegó a ver la cosecha que nosotros damos por hecha.

Lo pienso a menudo con las empresas, porque las decisiones que más pesan en una casa suelen tener esa misma forma: dan fruto cuando quien las tomó ya no está para verlo, o ya no ocupa el puesto. Formar a alguien que dentro de diez años dirigirá un área. Cuidar a un cliente durante años, cuando todavía compra poco. Construir producto propio en lugar de revender el de otros. Dejar escrita una forma de hacer las cosas que sobreviva a quien la inventó. Ninguna de esas decisiones luce en el cierre del trimestre. Casi todas restan este año. Y sin embargo, lo que hoy sostiene a cualquier compañía se decidió en años en los que nadie lo habría defendido con una hoja de cálculo delante.

Ahí está el problema. Casi todo lo que se mide en una empresa se mide en trimestres, en ejercicios, en objetivos anuales. Es lógico y es necesario. Pero tiene un efecto secundario: lo que tarda en dar fruto parece siempre un gasto, y lo que se cobra hoy parece siempre una buena decisión. Con esa vara de medir nadie plantaría un castaño. Plantaría lo que se recoge en unos meses, que da para vivir un tiempo, pero no para levantar una casa.

Hoy, a la vuelta del cementerio, muchos pasaremos otra vez junto a un souto sin mirarlo, con el coche lleno y la cabeza ya en el lunes. Casi nadie sabe ya quién lo plantó, aunque es muy probable que acabemos de dejarle flores.

Conviene decir también lo otro, porque el largo plazo tiene muy buena prensa y a veces se usa de coartada. “Es una apuesta a largo plazo” es una frase que he oído muchas veces en veintidós años para justificar proyectos que sencillamente no funcionaban. Quien planta también tiene que comer este otoño. Una empresa que sólo planta y no recoge nada no es visionaria, es una empresa que se va a quedar sin tiempo para ver crecer lo que sembró. Hacen falta las dos cosas a la vez: la cosecha de este año y el árbol del que comerá otro.

Hay un segundo matiz, menos evidente. Plantar no basta. Cualquiera que conozca el rural sabe lo que le pasa a un souto que nadie limpia, que nadie poda y al que nadie vuelve: el monte se lo come en pocos años, y con él se pierde lo que tardó un siglo en crecer. En las empresas pasa lo mismo con lo heredado. Un cliente antiguo que se da por seguro, una reputación construida por otros que se gasta sin reponer, un equipo veterano al que nadie vuelve a formar. Lo que recibimos plantado también hay que cuidarlo, y ese trabajo no sale en ninguna foto.

El ejercicio de esta semana es corto. Escriba una decisión que haya tomado este año cuyo beneficio vaya a llegar cuando usted ya no esté en el puesto. Una sola. Si no encuentra ninguna, no significa que lo esté haciendo mal, pero sí que todo lo que planta pretende recogerlo usted mismo, y eso a la larga sale caro. Después escriba una segunda cosa: qué souto ha heredado en su casa, quién lo plantó y cuánto tiempo hace que nadie lo limpia.

Hoy, a la vuelta del cementerio, muchos pasaremos otra vez junto a un souto sin mirarlo, con el coche lleno y la cabeza ya en el lunes. Casi nadie sabe ya quién lo plantó, aunque es muy probable que acabemos de dejarle flores. Lo que dejó sigue dando cada otoño sin que nadie tenga que explicarlo. Con las empresas pasa lo mismo: al final no queda lo que facturaron, queda lo que sigue en pie cuando ya no estamos para contarlo.

Las castañas de este otoño las plantó alguien que no llegó a comerlas.

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