El poderoso Rudesindus y las tierras celanovesas

Publicado: 22 ene 2026 - 03:00
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Como a San Rosendo llamaban, ese vástago de los más poderosos condes lusos del Reyno de León, nacido allá por las cercanías de Santo Tirso, población lusa que le honra como a su santo. Aquellos abates y obispos tenían poder temporal y religioso, como lo demuestran los cargos políticos que ocupó el santo cuando fue prelado en San Martiño de Foz, catedral cabeza de una diócesis, que hubo de trasladarse a Mondoñedo para ponerse a salvo de vikingos.

Nos apeamos cabe a la iglesia fortaleza de Sta. Eufemia, que dentro de las tierras de Celanova como a 7 km. de la villa. Caminado con ligera capa de nieve, poco tiempo ha caída, como la hora dada de mediodía a misa acudía una escasa vecindad incrementada por foráneos residentes o eso nos pareció.

En una rúa del lugar, un pétreo retablo adosado a rectoral casa. Íbamos hacia la cima desde donde un castillo dominaba toda una comarca. Fortaleza erigida en el X por la monástica Celanova, como si quisiese demostrar su poderío, aunque su relevancia en el XII cuando se forma el Reino portucalense a partir de un condado vasallo del rey de León; por eso que en este siglo pasa a la corona desligándose de la abadía de Celanova. Alfonso X, el Sabio, le da el beneficio de portazgo, para cobrar tributos. Escenario, este castillo de Milmanda, del enfrentamiento de Pedo I con Enrique de Trastámara, cuando el yerno de aquel, el rey Fernando de Portugal, llegó a establecer una corte itinerante por el lugar donde guerreó por unos años. Aun dependiente de la Corona pasa a los condes de Benavente. Derribado por os Irmandiños, que derrotados en las cercanías de Santiago por la coalición liderada por el conde de Lemos, el de Sotomaior Pedro Madruga y el arzobispo de Santiago, fueron obligados a su reedificación.

Por la villa rosendiana una toma de café en su centro social en monástica ala, y visita a esa la mini iglesia mozárabe de San Miguel, que San Rosendo mandó construir en honra este hermano que le había donado las tierras de Celanova para fundar un monasterio

Ya en abandono y ruinas el alcázar, así llamado el castillo de Milmanda, se aprovecharía su cantería para levantar una iglesia con adosada torre del homenaje que pasaría a campanario. A su vera el Tuño, que no sé por qué suena como a medieval, aunque pierda su virginidad porque más abajo lo encorsetaron con una presa hidroeléctrica de las que solo se libra el Arnoia, rio madre, aunque alguna desfeita en su curso: la mini presa de Rubillós o la de A Peneda, debajo de Sande, después de la singular cascada del Gato, otra belleza con ruta.

Caminando por una fina capa de nieve, que acaso raro fenómeno a esta altitud de 600 metros, lo hicimos bajo denso bosque desprendido de sus hojas, que alguna tenaces no dejarán el roble desnudo sino en los extremos rigores invernales cuando, perimetrando, arribaríamos al castillo, oiríamos el rugiente Tuño, otearíamos el paisaje semi cubierto de nieve, allá donde esa sierra de Silva Escura podría llamarse también de A Moura, y bajando a la vera del Tuño nos plantaríamos en el más emblemático de las elevaciones que por acá sobresalen, la capilla de San Paio dos Pitos, donde vecinos en romería acudían con su pitos, gallinas o gallos vivos ( sin contemplarse otra opción, como en el nordeste de Brasil en los puestos de venta donde se ofrecen: ”galetos, vivos ou abatidos) los subastaban y el dinero para el santo.

Bajada hacia el próximo Mosteiro de Ramirás del que se conserva la románica iglesia con ábside de tres cuerpos, y monasterio que fue de escasas monjas clarisas, donde la abadesa tenía el tratamiento de Ona.

Por la villa rosendiana una toma de café en su centro social en monástica ala, y visita a esa la mini iglesia mozárabe de San Miguel, que San Rosendo mandó construir en honra este hermano que le había donado las tierras de Celanova para fundar un monasterio mas conocido por el nombre de su fundador que por el de San Salvador, nos adentramos en esa casi catedral que por tal la monástica basílica donde aun villancicos resonaban adobados por celestial órgano, a los que oído prestamos desde un coro, que supera a muchos catedralicios, según lo que con entusiasmo y pasión nos relató J. Benito Reza, preclaro, autor de tantos, documentados y por demás amenos libros, sobre Celanova, Ancares, O Xurés, medio ambiente…

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