Jorge Vázquez
SENDA 0011
Lo que no se cuenta en el escenario
HISTORIAS INCREÍBLES
Da miedo cómo bajas por la cuesta desde los olivos, en la noche del sudor, del beso y de la espada. Y luego subes, lento, exánime, enclenque como un suspiro, a la antigua montaña.
Maestro, eras en Jerusalén, anteayer, triunfador y popular hace nada. Y echaban por el camino las verdes ramas, las pardas capas, porque eras su esperanza de un Rey de reyes, y los hijos de los hebreos cantaban a coro, dulcemente, al hijo de David, hosanna.
Pero luego cambia el aire. Y los niños de la proclama guardan silencio y sólo hablan las piedras sobre las que resbalas. Y cortan los morrillos, punzan tus purísimos pies las zarzas, aunque son menos hirientes que los soliloquios con que te negamos, como Pedro, al alba. Llegado allí te arrancan tu ropa inconsútil de lana y lino, la que tejió tu madre para que lucieses guapo en Shavuot, Sucot y la Pascua. Se la juegan a los dados y en el cubilete sale un cinco, que son las cinco llagas.
Ahora eres el único fruto comestible en el nuevo paraíso de esta tierra, una vez que ya nos fuimos del viejo sitio en el que nos ofrecieron la manzana
Desnudo estás y transparente subido a ese árbol de la cruz en el que te clavan con los hierros puntiagudos. Ahora eres el único fruto comestible en el nuevo paraíso de esta tierra, una vez que ya nos fuimos del viejo sitio en el que nos ofrecieron la manzana. Eres tan hermoso y produces tanta pena, que los soldados se compadecen. Y te dan de lo que tienen que es bien poco: quitarte la sed que se agarra a tu garganta con la posca, su bebida predilecta hecha de vinagre y mirra. Y te abren el corazón con la lanzada para que podamos penetrar en tu pecho a través de la herida sagrada. Nos produce espanto el mirarte, plenilunio del alma, porque estás descobijado como un inmigrante pobre, como un paria, como una mujer enferma, como un anacoreta y viertes tu sangre en el camino, eucaristía del vino, para marcar el sendero por el que habremos de ir a buscar la verdadera libertad que se esconde en tu corazón de carne y agua.
Señor de nuestros miedos, a ti acudimos a sabiendas que nos vas a curar del mal que nos aqueja. A cada uno el suyo que, como humanos, lo tenemos en propiedad, mísera herencia de Adán y Eva. Señor, subido a tu sagrario de madera, danos tu bendición y perdona nuestras deudas.
José de Arimatea y Nicodemo, te cogen con los brazos acostumbrados a la siembra y te echan en barbecho allí mismo en los surcos de la tierra, para que como planta imperecedera vayas levantándote durante los tres días que dura el calendario de la muerte revelada y descubierta.
Pasada la noche y la tormenta, rotas las cortinas del templo, levantados los difuntos al son de la trompeta, admirado el centurión de que tú seas el perfecto hijo del Padre que le han dicho. Vamos lentamente limpiando las lágrimas de Magdalena. Y luego, suavemente, como el Espíritu, como el Céfiro viento, te levantas y nos preparas los peces sobre ascuas en la playa. Nos enseñas a mí y a Tomás los agujeros de los clavos, las tremendas cicatrices, y esa ambivalente nostalgia: Subes al Padre, y Oh Cordero inmaculado, te quedas tiritando en nuestras manos.
Nos has dicho cómo honrar tu memoria con el nuevo rito. No vamos a olvidarte pues marcaste nuestras almas con el hierro de fuego con el que marcas a las ovejas del rebaño, demostrando que somos todos tuyos, tu iglesia, las ovejuelas de tu aprisco.
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