De poesía

Publicado: 11 may 2026 - 02:10
Opinión en La Región
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Que púberes canéforas te ofrenden el acanto”.

El verso, de Rubén Darío, parece ser que era una broma típica de Federico García Lorca para criticar esa poesía cultista, barroca, modernista y casi gongorina que el granadino aborrecía. Federico recitaba el verso y añadía a continuación: La única palabra que se entiende ahí es “que”.

Como a mí nunca me ha gustado Rubén Darío aunque lo leí durante una época de joven, y por contra he sido siempre un loco enamorado de Lorca al que considero junto con Machado, Walt Whitman, Wystan H. Auden y algunos otros que andan o andaban por ahí uno de los mejores poetas de la historia de la literatura, la anécdota me resulta graciosa y perfecta. Y me parece que debe ser cierta porque encaja muy bien con el espíritu divertido, jocoso y natural de Federico: La única palabra que se entiende ahí es “que”.

Y menuda diferencia por ejemplo con “Tengo miedo a perder la maravilla/ de tus ojos de estatua/ y el acento que de noche me pone en la mejilla/ la solitaria rosa de tu aliento”.

Hoy abro un libro de poesía, leo los dos primeros versos y tengo que cerrarlo y dedicarme solo al café. Eso sí, atrapado en una ensoñación mental tan misteriosa como inesperada.

U otros poemas parecidos, construidos con algo mágico y fascinante que viene del cielo y no se puede entender.

Los poetas son unos tipos raros de caray. Bastante incomprensibles. Yo hace años que no leo poesía aunque me gustó mucho de chaval y leí un montón entonces. Incluso obras completas de gente como Aleixandre, Cernuda, Alberti, Rosalía (no, no la de Lux, sino la otra), Nicolás Guillén, José Martí, Keats, Gloria Fuertes, Emily Dickinson, Celso Emilio Ferreiro y tantos y tantas más.

Pero con el tiempo me volví un idiota para eso. Y lo lamento. Hoy abro un libro de poesía, leo los dos primeros versos y tengo que cerrarlo y dedicarme solo al café. Eso sí, atrapado en una ensoñación mental tan misteriosa como inesperada.

La primera vez que me pasó algo así curiosamente no fue con un libro de poesía, sino con “Lejos de África” de Isak Dinesen.

En los ochenta un día fui a cenar a casa de mis queridísimos Marta Becerro y Ángel Cerviño, gran pintor y actualmente ¡vaya por dios!, gran poeta. Tenían un libro sobre la mesa del salón que llamó mi atención: “Lejos de África”.

Yo también tenía ese libro en mi casa sobre la mesa del salón. La misma primera edición de Alfaguara gris y azul. Lo cogí y dije:

-¡Vaya! ¿Estáis leyendo “Lejos de África”? Yo también.

Cerviño me contestó desde la cocina, creo que estaba cortando unas zanahorias.

-Sí, pero yo no paso de la primera frase. La leo, me pongo a pensar y evocar, cierro los ojos y no puedo seguir con el libro.

Me quedé alucinado, a mí me ocurría lo mismo.

Esa primera frase dice así: “Yo tenía una granja en África al pie de las colinas Ngong.”

Creo que es uno de los versos más bonitos y perfectos que he leído jamás.

Y no está en un poema.

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