Berto Manso
LA OPINIÓN
Small ball
El pasado viernes, los policías nacionales celebrábamos la festividad de los patronos del Cuerpo, los Ángeles Custodios. Un día que sirvió para poner en valor el trabajo de cerca de 300 agentes que prestan servicio en Ourense. Desde la prevención hasta la investigación, pasando por la atención a una víctima o la privación de libertad de un delincuente. Desde la seguridad ciudadana hasta la lucha contra unas nuevas formas de cíbercriminalidad que evolucionan a una velocidad vertiginosa.
Durante el acto celebrado en el Auditorio Municipal quedó patente una reflexión que tanto el comisario provincial como el subdelegado resaltaron en su discurso: detrás de cada uniforme hay una persona. Vivimos tiempos de enorme crispación social. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad intervienen en escenarios cada vez más complejos: manifestaciones, concentraciones, desahucios, altercados, conflictos sociales, grandes dispositivos de seguridad o situaciones de enorme presión como las vividas durante las crisis migratorias en Ceuta y otros puntos de nuestras fronteras. Y allí, en primera línea, siempre hay policías.
Policías que no deciden las leyes. Que no redactan una orden judicial. Que no convocan una manifestación ni determinan muchas de las decisiones administrativas o políticas que están detrás de aquello que ha provocado una protesta. Pero son ellos quienes, por su función, tienen que estar allí para garantizar derechos, cumplir y hacer cumplir la ley y evitar que una situación difícil termine convirtiéndose en algo todavía peor.
Eso no significa que una actuación policial no pueda ser cuestionada. Por supuesto que puede. La Policía está sometida a la ley, al control judicial y a unos protocolos de actuación. Cuando alguien considera que un agente ha actuado incorrectamente existen mecanismos para denunciarlo y exigir responsabilidades. Pero una cosa es fiscalizar una actuación y otra muy distinta convertir al policía en el culpable de todo aquello que nos enfada.
No confundamos una mala experiencia, una decisión que no nos favoreció o un desacuerdo puntual con el valor de toda una profesión
Antes de juzgar a un agente por una intervención, quizá deberíamos detenernos unos segundos y pensar en algo que hacemos con naturalidad en cualquier otra profesión: detrás de esa decisión existen normas, responsabilidades, instrucciones y procedimientos. Con una diferencia importante: muchas decisiones policiales deben adoptarse en segundos. En la calle no siempre existe tiempo para una reflexión pausada. Hay que valorar riesgos, proteger a terceros, interpretar qué está ocurriendo y tomar decisiones sabiendo que pueden tener consecuencias para otras personas y también para el propio agente. Y después, con frecuencia, esas decisiones tomadas en segundos serán analizadas durante horas, días o incluso meses, de forma sosegada y con amparo de numerosa jurisprudencia.
Hay además una circunstancia que pocas veces vemos. Cuando termina una intervención, el uniforme vuelve a casa. Detrás de él hay una madre, un padre, una hija, un hijo, una pareja. Personas que sienten miedo, preocupación, cansancio o frustración. Policías que reciben insultos y amenazas, que presencian situaciones que nadie querría ver y que, al terminar su servicio, intentan regresar a una vida absolutamente normal. Quizá por eso deberíamos recuperar algo tan sencillo como la empatía.
Podemos discrepar de una actuación. Podemos reclamar explicaciones. Podemos exigir profesionalidad, proporcionalidad y respeto escrupuloso a los derechos de todos. Es más, debemos hacerlo, porque precisamente esa exigencia contribuye a mejorar nuestras instituciones. Pero no confundamos una mala experiencia, una decisión que no nos favoreció o un desacuerdo puntual con el valor de toda una profesión.
Porque resulta muy fácil juzgar al policía cuando creemos que no lo necesitamos. Sin embargo, cuando alguien intenta entrar en nuestra casa, cuando desaparece un hijo o una madre, cuando sufrimos una agresión, cuando somos víctimas de un robo con violencia o cuando sentimos que nuestra integridad está en peligro, queremos exactamente lo contrario: que esa patrulla llegue cuanto antes.
Y probablemente quien baje de ese coche policial no sabrá quiénes somos, qué pensamos, a quién votamos ni qué opinión tenemos de la Policía. Tampoco debería importarle. Su obligación será ayudarnos. Eso es, precisamente, el servicio público.
Quizá empiece por algo mucho más sencillo: recordar, también cuando discrepamos, que detrás de cada uniforme hay una persona. Porque el policía al que hoy puedes estar juzgando por una decisión que no compartes puede ser el policía que necesitarás mañana, y quien llegue primero cuando seas tú quien pida ayuda.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último