Roberto González
Hugo Álvarez: los valores también juegan
Hay algo profundamente inquietante en la evolución de nuestras democracias occidentales. Mientras el mérito, el esfuerzo y la excelencia pierden prestigio social, la mediocridad parece abrirse paso con sorprendente facilidad, especialmente en aquellos ámbitos donde más necesaria resulta la competencia: las instituciones públicas y la política.
Durante décadas se nos enseñó que el estudio, la preparación y el trabajo eran las herramientas que permitían progresar individualmente y contribuir al bienestar colectivo. Quien destacaba por su capacidad o por su dedicación era visto como un ejemplo. La excelencia no se percibía como una amenaza, sino como una referencia. Hoy ocurre con demasiada frecuencia lo contrario.
Vivimos en una sociedad donde sobresalir parece requerir disculpas. El mérito es cuestionado, el éxito se observa con recelo y la excelencia se interpreta a menudo como un privilegio sospechoso. Mientras tanto, la mediocridad se normaliza hasta el punto de que deja de llamar la atención.
Esta transformación cultural tiene consecuencias mucho más profundas de lo que parece. Porque cuando una sociedad deja de premiar a los mejores, inevitablemente acaba siendo dirigida por quienes no necesariamente son los más preparados.
No se trata de una cuestión ideológica. Es un problema que afecta en mayor o menor medida a todo el sistema político
La política constituye probablemente el ejemplo más visible de este fenómeno. Resulta difícil encontrar en la actualidad líderes políticos capaces de despertar admiración por su trayectoria profesional, su nivel intelectual o su capacidad de gestión. Lejos de buscar a los mejores, los partidos han ido construyendo estructuras donde la promoción interna depende con frecuencia más de la obediencia que del talento, más de la lealtad que de la competencia, más de la disciplina partidista que de los méritos acreditados.
No se trata de una cuestión ideológica. Es un problema que afecta en mayor o menor medida a todo el sistema político. Las listas cerradas, la profesionalización de los aparatos de partido y la ausencia de mecanismos eficaces de selección han favorecido la aparición de una generación de dirigentes cuya principal experiencia consiste, en demasiados casos, en haber hecho carrera dentro de la propia organización política.
Mientras tanto, médicos brillantes, investigadores prestigiosos, empresarios innovadores, juristas de reconocido prestigio o profesores de excelencia rara vez encuentran espacio en la primera línea de la vida pública. Paradójicamente, quienes han demostrado capacidad para gestionar organizaciones complejas o resolver problemas reales suelen permanecer al margen de unas instituciones cada vez más dominadas por perfiles burocráticos y dependientes del partido.
Las consecuencias están a la vista. El nivel del debate público se degrada. Los argumentos son sustituidos por consignas. La gestión cede terreno a la propaganda. La capacidad para resolver problemas reales queda relegada frente a la habilidad para controlar el relato político. Y la sociedad acaba acostumbrándose a unos estándares de exigencia que jamás aceptaría en otros ámbitos.
La igualdad de oportunidades sigue siendo una aspiración imprescindible. Pero una sociedad justa no consiste en rebajar las exigencias para que nadie destaque
Nadie subiría a un avión pilotado por alguien elegido por su fidelidad ideológica en lugar de por su preparación. Nadie aceptaría ser operado por un cirujano seleccionado por criterios ajenos a su competencia profesional. Sin embargo, parece que hemos asumido con naturalidad que la dirección de un país pueda recaer sobre personas cuya principal cualificación es haber ascendido dentro de una estructura partidista.
La igualdad de oportunidades sigue siendo una aspiración imprescindible. Pero una sociedad justa no consiste en rebajar las exigencias para que nadie destaque. Consiste en garantizar que cualquiera pueda llegar a destacar. Y eso implica reconocer sin complejos el valor del mérito, del conocimiento, de la experiencia y del esfuerzo.
Las sociedades más prósperas y dinámicas son aquellas que premian la excelencia. Las que buscan a los mejores para asumir las mayores responsabilidades. Las que entienden que la competencia no es un problema, sino una necesidad.
Quizá haya llegado el momento de recuperar esa convicción. Porque cuando una sociedad deja de admirar el mérito, termina aceptando la mediocridad. Y cuando la mediocridad se instala en la política, acaba extendiéndose al conjunto de las instituciones. El resultado es un país que rebaja sus expectativas, reduce su ambición y se acostumbra a ser gobernado muy por debajo de sus posibilidades.
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