Manuel Orío
RECORTES
Andalucía pide paso
LA BELLEZA SIN TESTIGOS
En determinados ambientes, Alfredo, hablar bien de ti está muy mal visto”, le decía a Conde la editora de una selección de literatos gallegos que excluía al autor nacido en Allariz en 1945. La anécdota la contaba el mismo escritor, cargándose de razones para mostrar y denostar el ostracismo al que, según él mismo, el país, el cultural al menos, le condena. No cree faltarle motivos para denunciar su práctica exclusión del “sistema literario gallego”, expresión pedante al uso que incluye a un numeroso grupo de beneficiados con méritos menos contantes que los del autor de Los otros días. Un ámbito humano y profesional que, al calor de la consolidación autonómica, se fue especializando en el diseño, uso y disfrute de los resortes y sinecuras de la cultura oficial, institucional, a la vez que levantaba los estandartes ideológicos e identitarios en las antípodas de los defendidos por el partido gobernante en Galicia: en realidad y a la postre, un acuerdo de mutuas conveniencias.
Con todo y más que podría añadirse, Alfredo Conde es posiblemente el autor gallego más y mejor galardonado y también, en correspondencia inversa, el más silenciado en el propio país. Su peripecia vital, hecha de las cuitas de la literatura, por supuesto, pero también de la política y hasta de las estrictamente privadas, incluyendo las sucesivas residencias solapadas con sus etapas vitales, Allariz-Ourense, Poio-Pontevedra, Brión-Compostela, dan para una crónica biográfica plagada de reconocimientos, nostalgias y reproches. En Conde parecía destilarse, de la entraña de sus actos, palabras y desplantes, similar pragmatismo utilitarista, cuando menos, al denunciado por él en los demás.
Con todo y más que podría añadirse, Alfredo Conde es posiblemente el autor gallego más y mejor galardonado y también, en correspondencia inversa, el más silenciado en el propio país.
Destacado activista musical y literario en la Compostela estudiantil de los años sesenta, pero con una vocación más definida y determinada que la mayoría de los compañeros de su generación, Alfredo Conde ha tenido siempre un notable instinto precavido y, en consecuencia, ha desarrollado sutiles habilidades para moverse entre bambalinas y aparecer en los lugares adecuados en los momentos oportunos. Los variados reconocimientos y premios que jalonaron sus fulgurantes primeros pasos en el escenario literario de la transición política, evidencian este aserto. Beneficiado por la necesidad de oficializar el cambio de perspectivas, también en el ámbito cultural, era preciso rastrear las periferias y hacer de la diversidad del país una de sus señas de identidad y motivo de su impulsión, por contraposición al anterior y agotado centralismo o al canon realista.
Conde parecía situado en el centro de algunas de las miradas más avezadas en la búsqueda de talentos emergentes de la época. No dudó en formar parte del grupo de intelectuales galleguistas que, como Ramón Piñeiro, Benxamín Casal o Carlos Casares, se integraron en las listas electorales del PSdeG-PSOE al parlamento gallego. Una toma de partido simbólica, con finalidad patriótica, de la cultura y la resistencia al anterior régimen, recauchutada ahora para oficializar el cambio y continuar la historia con el tren repuesto en sus vías. Entre aquellos independientes de profundo surco, aunque un tanto incómodos en la abrasión constante de la pugna política, Conde parecía el menos grupal y el más interesado en expandir los límites de la circunstancia insólita que vivían.
Escribir y publicar indistintamente en gallego y castellano, como Conde practicaba y practica, ha sido considerado una inadmisible traición y hasta una provocación, entre los ambientes del dominante nacionalismo cultural. Carlos Casares o Víctor Freixanes, dos coetáneos, demostraron mayores habilidades en el manejo de las micropolíticas de la industria cultural y sus numerosas terminales nerviosas. Mientras Alfredo asumía la consellería de Cultura en el gobierno socialdemócrata de González Laxe y, casi sin solución de continuidad, la crónica de Manuel Fraga en sus andanzas antillanas, sin aparente contradicción privada, pero con notables desgarrones públicos, el denominado “sistema literario gallego” establecía alrededor de nuestro premio Nadal, de la Crítica, el Nacional o el Cavour, un cordón sanitario de doble hilo: el puramente galleguista y el progresista. En realidad, el propio Conde había rehuido siempre los compromisos de clan, su misma existencia, para navegar otros mares abiertos y en el ejercicio de la propia soberanía.
Ni Alfredo Conde fue Jack Lang -tampoco Jorge Semprún- ni Manuel Fraga era François Mitterrand. La Galicia oficial no era mucho más que el nuevo Xacobeo y una pequeña plataforma de poder institucional para el servicio público del viejo ministro franquista. Para cuando el viento cambió de dirección, el reestablecido mandarinato cultural gallego -nacionalista y prudentemente escorado a la izquierda- practicaba el tácito entendimiento con el partido conservador, “el más parecido a los gallegos”, en palabras de Ramón Villares. Conde estaba desnudo. Su individualismo subjetivista que le facilitaba parasitar sin sonrojo el poder del momento, perdió pie con la estabilización y consolidación de las estructuras políticas y culturales en el cambio de milenio. Si en 1985, Feliciano Fidalgo, corresponsal de El País en París y bon vivant en la estela de la gauche divine, calificaba a Conde de “patriarca del sentido común”, años más tarde esta ductilidad dejó de cotizar en el mercado de la partitocracia, el sectarismo político y el afilado mundo de los intereses creados.
Alfredo Conde, que siempre tuvo en alta estima ocuparse de sí mismo, se adentró en una larga fase de opacamiento público. La pertenencia al consejo de administración de la radio y televisión pública gallega, en representación del PP; las colaboraciones periodísticas en medios locales o la tentación siempre presente para dejarse ir por la antigua veta del tremendismo y la escatología de su amigo Cela, no ayudaban a levantar el vuelo de su creatividad. Tampoco acertó con los limitados horizontes de los temas y tramas mostrados en sus nuevos libros: de Raimundo Ibáñez, el malogrado fundador de Sargadelos y en el que en tantos rasgos se proyecta el mismo Conde, al lobishome de Allariz o los homes de ferro, la epopeya marina de los intrépidos peregrinos irlandeses a Santiago. En la literatura de Alfredo Conde sobrenada siempre el pensamiento ensimismado del propio autor. Para deslizar su orgullosa independencia, como para dejar constancia de cierta misantropía que, celebrando la alegría de vivir y los placeres mundanos y sensuales –con qué deleite Conde hará referencia al olor, los sabores, el tacto o la belleza de la mujer- y que al poco, parece hundirse en las arenas traicioneras de la enfermedad, la vejez y la muerte. Unas referencias constantes en la escritura de Alfredo y que están en él mucho antes de que su edad y los achaques los justificaran.
En la literatura de Alfredo Conde sobrenada siempre el pensamiento ensimismado del propio autor. Para deslizar su orgullosa independencia, como para dejar constancia de cierta misantropía que, celebrando la alegría de vivir y los placeres mundanos y sensuales
El desdibujamiento de Conde en el panorama literario gallego ha acentuado, en el autor, su sensación de incomprendido Pepito Grillo que nos previene, sin éxito, de la fatal llegada del lobo encarnado en quienes ordenan el canon cultural del país: el nacionalismo gallego. En estas diatribas que han lastrado su proyección, Conde ha perdido la inocencia, energías y amigos. En su mejor hora le es de aplicación aquella idea de Ramón Piñeiro según la cual “el galleguismo es el ejercicio cotidiano de la realidad”; en las peores, no debiera olvidar el consejo de Josep Pla, otro silenciado en su propio país: “pide poco a los hombres”. Así, la trayectoria literaria de Conde aparece, en demasiadas ocasiones, contaminada por objetivos extraliterarios, mundanidades de la pequeña política, ajustes de cuentas en diputaciones provinciales o equívocos editoriales. Cuestiones que el gremio resuelve en la discreción de los intereses cruzados del grupo y que Conde ha de afrontar a pecho descubierto. De esta lucha, del permanente estado de alerta y prevención, el autor de Xa vai o Griffon no vento ha desarrollado una insatisfacción con el entorno y consigo mismo. “En la colmena -cita a Maeterlink- el individuo no es nada”.
Me temo que Alfredo, vive con cierta íntima inquietud, sin paz, enhebrando historias arredor de sí, sintiéndose ninguneado y herido. Orgulloso e individualista, Conde aspira, como todos, a que le quieran. Quizá por ello y más allá de su producción novelística, está el notable ejercicio de memoria que, a través de sus artículos, realiza. Una minuciosa reconstrucción de amistades, personajes, dichos y lugares que nos llegan desde su propia infancia. De su lectura se desprende el gusto que produce, en cualquier momento y lugar, hablar bien de Alfredo.
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