Fernando Lusson
VÍA DE SERVICIO
Contradicciones y patriotismo
Fallece Raúl del Pozo, y con su muerte se va una forma de hacer periodismo, que a partir de ahora, por desgracia, me evita la curiosidad de ir a la busca de su columna. Para mí, y otros muchos más, Raúl fue ese columnista “heterodoxo”, por su diferencia con la mayoría y su propia idiosincrasia, dotado de estilo propio. Ese columnista que, a base de leerlo, te vas dando cuenta de que sabe hacer de la menor anécdota una columna contagiosa, que te recreas leyéndola y te mantenía un poso literario para todo el día. De ahí comienza y nace la adicción que causa leer a determinados escritores, entre ellos Raúl del Pozo, con la intriga de su columna. El columnista de la calle, el creador de “la justicia está en las tabernas”. Solo tengo un precedente que me empujaba cual hábito inconsciente a buscar su texto por la mañana al abrir el periódico: Carlos Casares.
Empezando a conocer su prosa a los finales de la década de los ochenta, fue ya en este siglo cuando, definitivamente, me cautivó y llamó la atención de su lectura las cualidades recogidas en el obituario de La Región: la ironía y la memoria. La calle fue su fuente de historias, que nos hacía y hace -por lo menos a mí- más conocedores de la realidad que se esconde fuera de ella. La calle nos aporta y enriquece, ya que en la calle coinciden lo mejor y lo peor de la autenticidad humana. ¿Cuánta veces hemos oído que la calle es la universidad de la vida? ¡Pura cultura popular! De aquí partía, y hace grande y diferente, el trabajo de Raúl.
Acostumbro a decir algo leído hace tiempo, y que ahora lo recuerdo en una frase que se le atribuye a un poeta griego, premio Nobel: “Escribo para que la muerte no tenga la última palabra”. Resume esta escritura como un acto de resistencia, memoria y triunfo sobre la finitud, venciendo el olvido. Como Enrique Urquijo: “Ahora que todo se acabó y que el tiempo te ha vencido… por la calle del olvido vagan tu sombra y la mía, cada una en una acera…”. Se va el periodista del deber de salir, ir a la calle, oler lo que sucede…
Ese columnista que, a base de leerlo, te vas dando cuenta de que sabe hacer de la menor anécdota una columna contagiosa, que te recreas leyéndola y te mantenía un poso literario para todo el día.
Algo tan simple, casi siempre anodino, cuando uno no tiene mucho que hacer -de estado ocioso- acaba por pisar la calle, pasear… y es cuando se le asoman a la cabeza ideas señaladas, esas que están incubadas en el cerebro y brotan en el movimiento. Aparte de lo que observas al paso, visualmente, lo que oyes. Raúl del Pozo esto lo tenía dominado, y si le añadimos las tertulias y quedadas en cafés, etc., la sabiduría brotaba en su escritura. Tenía material para deleitarnos con su prosa. Escribir sólo consiste en ser uno mismo. Aunque a Óscar Wilde le disgustaba la escritura que intentaba decirle a la gente cómo vivir; la lectura del hacer la vida más vital, no cómo vivirla.
¿Cómo se llama cuando escribes de ti mismo?: se llama escritura emocional y mediante ella podemos explorar nuestro interior para llegar a un mejor conocimiento de nosotros mismos. Para Borges, escribir es un modo de soñar, y uno tiene que tratar de soñar sinceramente. Para Raúl el oficio de escribir es ya de por sí una forma de vida, no sólo como una simple profesión. Por ello me quedo, al igual que otros más, huérfanos de las letras escritas en la tierra, del “escritor de la realidad”. De nuestra realidad, la que vamos encontrando en el deambular por la calle, tabernas, tertulias, que nos hace conocedores de la realidad global. La calle nos forma, la calle es una universidad de la vida. Raúl del Pozo puso a la calle en su sitio… Y nos contó mucho, nos formó bastante, con su pateo por las calles, que ahora, sin él, son del olvido. Ahora que todo se acabó… por la calle del olvido vagan tu sombra y las lecciones que aún te quedaron para deleitarnos.
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