Chicho Outeiriño
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Vivimos tiempos excepcionales. Sin mediación de ningún partido, sectores poblacionales afines a la derecha se han lanzado a la calle, algunos por la amnistía, otros por repudio al sanchismo, otros por hastío hacia la política parlamentaria en general. Muchas eran las razones, y aunque el detonante ciertamente fuera la amnistía y la indignación a raíz de esta, existe un sentimiento general de desperezo. La derecha nunca se caracterizó por protagonizar manifestaciones de carácter violento. Los escraches, las huelgas y las grandes protestas siempre fueron dominio de la izquierda. Las manifestaciones de la derecha tendían a mantenerse en los marcos legales, más como una reunión de números para mostrar fuerza electoral que como una forma de fomentar indignación y animar a la movilización.
Sin embargo, este “vicio” pequeñoburgués de la derecha, obsesionada con la legalidad ejemplar se está debilitando. Tal vez con el tiempo se estén diluyendo la indiferencia y el conformismo, ese tradicional “nosotros somos mejores”. Esa pátina de moderación antes omnipresente desaparece poco a poco, dando paso a la indignación, la pasión y el despliegue desatado de los ideales por los exaltados en las calles. Sentimientos que siempre existieron en cierto modo desde el 78, pero contenidos, cuya manifestación pública solía limitarse a la acción de grupúsculos juveniles. Fuerza Nueva llegó a tener una gran influencia en este sentido, pero su público siempre se limitó a la movilización juvenil, y tildarlo de movimiento de masas quizá sea demasiado generoso. De cualquier manera, lo realmente interesante de estos días es que asistimos a un movimiento exaltado y rebelde no solo ya juvenil, sino intergeneracional. Abuelos, padres e hijos, ya sean de Vox, del PP o derechistas desencantados con la política, asisten juntos a protestar contra las autoridades. Para ver esta potencia aglutinadora de un movimiento de derechas “rebelde” tendríamos que volver la vista hacia el mismísimo maurismo callejero de principios del XX.
Dicho de otra manera, lo que posibilita estas dinámicas de movilización es el hecho de que los manifestantes no se sienten identificados con la policía, sino que la identifican como un instrumento más del poder. La derecha en todo occidente está comenzando a abandonar la idea de las instituciones como organismos neutrales, pasando a verlas como herramientas que está usando la oposición para destruir todo lo que consideran bueno y para subvertir todo aquello en lo que creen. Y se están comportando en consecuencia. Los lideres de Vox que asistieron la noche del 7 intentaron recalcar el carácter pacífico de la manifestación, pero lo cierto es que el lenguaje de los manifestantes es evidentemente provocador e incendiario. Esta desafección hacia el uso de las instituciones parece seguir el rechazo que han desarrollado a estas la derecha occidental en general, pasando por los republicanos americanos hasta el partido de Le Pen a raíz de la ingeniería social que las izquierdas han ido introduciendo en el uso de los resortes del Estado.
La policía en Ferraz cargó la noche del 6 de noviembre, y a raíz de eso los ánimos se enardecieron. Los grupos sociales afines a la derecha se van polarizando en respuesta al control de la escena política por parte de la coalición y sus abusos, y la reivindicada “paz social” de Pedro Sánchez se deshace entre sus propios dedos.
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