Chicho Outeiriño
OBITUARIO
Santy, ese vitalista que encaraba el mundo con humor
OBITUARIO
Mi amistad con Santy viene de siempre, heredada de la que mantuvieron nuestros propios padres en aquellas tertulias de café a las que asistía la intelectualidad del momento: Vicente Risco, Otero Pedrayo con sus apariciones intermitentes, Luis Trabazos, mi tío Alejandro, Juan Luis Ramos, Antonio Faílde, Gómez del Valle, Florentino Cuevillas, Julito Losada… Aquella llamada sotto voce "Peña de Sabios", que convirtió los salones del Café Roma en un inolvidable santuario cultural.
Nuestra complicidad personal se forjó un día de Reyes, jugando con una máquina de tren en miniatura de cuerda que hacíamos rodar sobre el irregular empedrado de su portal en O Posío. Aquel encuentro infantil resultó imborrable y perduró con los años. De jóvenes seguimos frecuentándonos en los guateques de fin de curso, en la playa de Oira o en Rivela, donde se improvisaban partidos de fútbol en los que él, bajo los palos, se mostraba impenetrable. Más tarde se marchó a Madrid a estudiar Peritaje Agrícola, y nuestras citas quedaron reservadas a los veranos y a los periodos vacacionales por estas tierras.
Opositor brillante, continuó la senda profesional de su padre en la Jefatura Agronómica tras haber obtenido destino en A Coruña. Ya de vuelta, desarrolló su carrera laboral como ingeniero técnico agrícola en la delegación de la Xunta de Galicia, donde compartió escalafón con su colega José Manuel F. Anguiano.
Santy vivió consagrado a su entorno familiar —su esposa y sus seis hijos— y al apego por la naturaleza que le brindaba su residencia de Esgos. En aquel municipio habían arraigado sus abuelos y residían también dos de sus tres hermanos, como si el regreso a la aldea fuese la elección natural para un técnico del campo. Allí volcó su vocación cuidando frutales y protegiéndolos de las plagas, una de sus especialidades profesionales. Fue, en esencia, un vecino rural que jamás desertó de su medio.
Aún guardo en la memoria aquellas extensas llamadas telefónicas de más de media hora en las que repasábamos viejas anécdotas: nuestras andanzas de juventud, el tenis y aquella sempiterna y divertida rivalidad deportiva que mantenía con Alberto G. Junquera, reeditada incluso en las pistas coruñesas cuando Santy vivía allí y Alberto acudía de viaje.
Despedimos hoy a este amigo jovial que plantó más árboles que los muchos hijos que crio. Nos fundimos en un abrazo con Mary Cruz, su compañera de siempre, y miramos atrás para evocar ese semblante afable y esa sonrisa franca que jamás perdió. Santy, permanecerás en nuestro recuerdo con esa vitalidad contagiosa con la que sabías relativizar los contratiempos: un hombre noble, generoso y festivo que siempre supo irradiar optimismo a quienes lo rodeaban.
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