Fernando Ramos
HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL
Mis entrevistas a Gil Robles padre e hijo
CRÓNICA PERSONAL
No se recuerdan escenas de una violencia tan visceral, desbordada, como la vivida en Barcelona en estos últimos días. Violencia que no parece tener fin. Con dato muy significativo: son las fuerzas de seguridad las que suman heridos, lo que lleva a deducir que a la Policía no llegan instrucciones de sus autoridades para que respondan con todos los medios a su alcance. Los destrozos en los comercios es total, hay miedo en las calles, pillaje -se vende la ropa de marca de forma inmediata en internet- y las órdenes que se transmiten a través de internet se cumplen escrupulosamente: vestimenta negra, guantes, capuchas y sprays. Nada de armas bancas.
Las manifestaciones de Barcelona no van de vivienda, ni de salarios bajos, ni de inseguridad ante el futuro, ni de campaña electoral. Van de hacer el mal por hacer el mal; la Policía cuenta que los detenidos dan explicaciones que indican que no se han sumado a las manifestaciones para protestar contra algo concreto, sino por participar en las algaradas. Una experiencia.
Fue el primer paso para que una ultraizquierda envalentonada, y agobiada por problemas que ese Gobierno ha agravado, se eche a la calle con tanta violencia.
El problema de Ceuta sigue sin resolverse, el Gobierno intenta descalificar todos los días las decisiones judiciales, la tensión de la campaña electoral lleva a la conclusión en gran parte de españoles de que el país no tiene remedio. El último motivo de desesperanza es sentarse ante el televisor y ver grupos de jóvenes que acorralan a los policías, rompen escaparates, amenazan a los viandantes, bloquean las calles y queman automóviles aparcados.
Coinciden estos actos, que asustan, con la noticia de que PP y Vox han llegado a un acuerdo sobre las listas del Senado. Comparten dos objetivos muy claros: echar a Pedro Sánchez del Gobierno a través de la fórmula a la que obligan los principios de la democracia, ganarle a través de las urnas y, segundo, alcanzar en el Senado una mayoría de tres quintos, la que se necesita para renovar las instituciones del Estado. Desalojar del Tribunal Constitucional sobre todo, a personas que anteponen la ideología y las instrucciones de su partido a la independencia que debe exigirse a las instituciones del Estado, es una prioridad. En todos los gobiernos se ha intentado impregnar las instituciones con tinte político, pero nunca como ahora se ha visto tan desprestigiado, tan degradado, el papel de esas instituciones como en estos tiempos sanchistas. Nunca.
El acuerdo entre PP y Vox no gustará a parte de los votantes del PP ni de Vox, y abrirá la caja de los truenos en la izquierda, porque ese acuerdo puede hacerle daño. Pero si hay alguien que no puede pronunciar una palabra de crítica porque sería una indecencia que lo hiciera, es Pedro Sánchez: se presentó a las dos últimas elecciones asegurando que jamás pactaría con Podemos, y le faltó tiempo no solo para pactar a las pocas horas de conocer el resultado electoral sino para acordar con Pablo Iglesias un gobierno de coalición.
Fue el primer paso para que una ultraizquierda envalentonada, y agobiada por problemas que ese Gobierno ha agravado, se eche a la calle con tanta violencia.
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