Pilar Falcón
DÍAS Y COPLAS
Febrero, el coreógrafo breve
Es el momento de la revolución. No queda mucho tiempo para lograr que salga victoriosa. Podemos empezar por dejar que la música suene, que los pies se muevan libremente a su ritmo. Algo tan sencillo, hoy puede resultar un acto agitador. Franco Battiato ya lo cantaba: “ yo quiero verte danzar como los cíngaros del desierto, con candelabros encima (…) Y gira todo en torno a la estancia mientras se danza”.
Porque entre los beneficios que nos concede bailar está la alegría, la disminución del estrés y la mejora de la memoria. Munición necesaria en unos tiempos oscuros y tristes que nos mantienen cabizbajos mientras adquirimos un color apagado. Corremos así el peligro de volvernos los “hombres grises” del libro de Momo. Esos seres que se fuman las horas de los demás, mientras bajo su influencia la vida se vuelve estéril y se deja de hacer todo lo que se considera perder el tiempo, como el arte o la imaginación.
Si la música suena desaparecen las barreras que nos guardan en departamentos estancos
Por eso, necesitamos más que nunca color y alegría al tiempo que levantamos la vista del suelo y las pantallas. Porque sigue habiendo luces, a pesar de que cada día nos cueste más descubrirlas.
Bailar nos devuelve la sonrisa. Arma poderosa para combatir los gruñidos y los insultos que cada vez se hacen más frecuentes. Movernos al ritmo de cualquier son nos lleva de vuelta a momentos felices. Qué mejor que un buen recuerdo sobre cómo podrían ser las cosas para desarmar el contagioso soniquete de que vivimos en el peor de los momentos y que nada puede hacerlo cambiar.
La sensación de mover el cuerpo sin ataduras nos hará querer rechazar todas las cadenas que busquen mantenernos estáticos. Escuchar canciones escritas hace tiempo, desde cualquier lugar del mundo, nos despertará de ese delirio del enfrentamiento continuo. Sabremos reconocernos en ellas y nos revelarán lo mucho que nos une, que es casi todo.
La rebeldía ahora es la amabilidad, entender a los demás, ofrecer un abrazo, comunicarse, convivir y, ¿por qué no? bailar juntos, sintiéndonos más ligeros. Mantener y expandir nuestras pequeñas felicidades es la mejor barricada contra el abatimiento y el aislamiento que nos hacen creer que estamos solos y que la revolución no vale la pena.
Es hora de buscar, como cantaba el grupo The Mamas and The Papas, “el sueño Californiano en tal día de invierno”. Una canción que, sesenta años después de su estreno, se ha puesto de moda y convertido de nuevo en un himno entre los jóvenes, gracias al creador de contenido Plex.
Lo dicho, si la música suena desaparecen las barreras que nos guardan en departamentos estancos.
Merece la pena intentarlo y encontrar la luz del sol que nos saque de la penumbra del derrotismo. La revolución hoy es no dejarse inmovilizar por los malos augurios.
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