Ángel Mario Carreño
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La última vez que un catalán, independentista, quiso hacer política en España obtuvo un resultado contundente y redondo: cero diputados. Era la llamada Operación Reformista, u Operación Roca, por el apellido de quien la encabezaba, un padre de la Constitución, Miquel Roca. En el invento estaban el influyente Antonio Garrigues y un tal Florentino Pérez. La fallida candidatura, sobre la que pronto se echó tierra y olvido donde antes hubo miles de millones, pretendía colar una opción de centro liberal entre el PSOE de Felipe, entonces ya denostado por la derecha desmemoriada, y la AP de Manuel Fraga.
Hasta hoy, hasta que un diputado, Rafael Rufián, de Esquerra Republicana, el partido histórico del independentismo catalán, recoge esa incierta bandera de los catalanes queriendo hacer política para España. Parte de una hipótesis inverosímil, cuando no suicida: la de “los independentistas, desde Bildu a BNG, que podemos inventarnos algo para no dejar huérfana a la gente progresista del resto del Estado que no quiere votar PSOE”. Gracias a una larga y cuidada campaña en los medios, el portavoz de ERC en Madrid ha ido exponiendo en público algunos de sus proyectos y, también, las aparentes insalvables contradicciones. A mi entender, la fundamental y más característica, la ingenuidad de pretender compatibilizar la independencia de Cataluña con un proyecto global para España. Una combinación de agua y aceite que repudia la mezcla, tanto en Cataluña como en el resto de España.
Gabriel Rufián, que cruza el cielo de la política cual Ícaro, haría bien en pedir consejo a Dédalo/Miquel Roca sobre las justas ambiciones en política y repasar, sin descanso, la historia intrincada de las relaciones de Cataluña con Castilla y viceversa
Imagino que Rufián habla de esta posible operación con su secretario general, Oriol Jonqueras, y también con Arnaldo Otegui o Ana Pontón y Néstor Rego, pero no acabo de ver que, pese a las urgencias, fáciles de suponer, los partidos independentistas dediquen un solo minuto y un solo euro a imaginar y financiar una operación española, incluso con vitola de frente antifascista, en esta especie de redención del Estado por las provincias, con permiso de don José Ortega. La normalización de Vox añadirá muchos escaños a los del PP, tantos que se da por supuesta una mayoría absoluta de la derecha, pero no se vivirá desde la izquierda, a pie de calle, como un “No pasarán” existencial.
Gabriel Rufián, que cruza el cielo de la política cual Ícaro, haría bien en pedir consejo a Dédalo/Miquel Roca sobre las justas ambiciones en política y repasar, sin descanso, la historia intrincada de las relaciones de Cataluña con Castilla y viceversa. O más sencillamente, comprar en cualquier librería de viejo un manoseado ejemplar de Últimas tardes con Teresa, la memorable novela sesentera de Juan Marsé, que cuenta las aventuras de Manolo Reyes, Pijoaparte, el emigrante andaluz que trata de ascender en la escala y estima social seduciendo a la burguesa, universitaria y catalana Teresa. Una historia de final desdichado.
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